Esmeralda Verenice Peña Garcés1
Como es sabido, la escritura ofrece conocimiento, pero ¿qué tal si no fuera así? ¿Y si, en realidad, produjera una ilusión de saber, sin que quien lee haya comprendido aquello que está escrito? ¿Es posible separar tan fácilmente la presencia de la ausencia, la memoria del recordatorio y el conocimiento de sus signos?
Si lo planteado anteriormente fuese una enfermedad, el término griego phármakon podría ser nuestro remedio o, tal vez, nuestro veneno. La escritura nos permite conservar y transmitir el conocimiento, pero también puede sustituir el trabajo de comprender por la simple repetición de palabras. Su ambigüedad no termina ahí: ¿qué sucede cuando el autor está ausente y ya no podemos preguntarle qué quiso decir? ¿Cómo saber si el remedio ha llegado a nosotros o si seguimos enfermos?
Quizá el autor sea el paciente cero: aquel de quien parte la escritura, pero cuya ausencia deja al texto expuesto a nuevas interpretaciones. El lector puede comprenderlo, repetirlo sin entenderlo o incluso apropiarse de sus palabras y presentarlas como propias. Sin embargo, aunque el autor esté ausente, quien lee sigue siendo responsable del uso que hace de aquello que lee. Como señala el texto: «Escribir no es en sí una actividad vergonzosa, indecente, infamante (aisjron). Uno se deshonra únicamente escribiendo de manera deshonrosa» (Derrida, 1975, p. 100). La escritura no es deshonrosa por sí misma, pero su uso también implica una responsabilidad.
Entonces, ¿debemos considerar que el texto está enfermo porque ya no puede explicarse a sí mismo? ¿O es precisamente esa ausencia la que permite que siga vivo entre lectores que nunca conocerán a quien lo escribió? ¿Quién decide cuál es la interpretación correcta cuando el autor ya no está presente? Y tú, que has llegado hasta aquí, ¿puedes asegurar que has comprendido aquello que acabas de leer, o basta con haber recorrido estas palabras para creer que lo has hecho?
Referencias
Derrida, J. (1975). La diseminación (J. Martín Arancibia, trad.). Fundamentos. Capítulo «La farmacia de Platón».
- Esmeralda Verenice Peña Garcés es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de Autor: Derrida durante el semestre 2026 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz.
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