Alexis Bautista Piña1
Lo que me dejó La farmacia de Platón es que Derrida no ataca a Platón desde afuera: lo lee desde adentro y lo hace tropezar con su propia palabra. Todo el texto gira en torno a una sola cosa: pharmakon.
En el Fedro, Sócrates cuenta el mito de Theuth. Theuth inventa la escritura y se la lleva a Thamus como un regalo. Le dice que es un pharmakon para la memoria y la sabiduría. Thamus le dice que no, que, al contrario, va a producir olvido, porque la gente ya no va a ejercitar la memoria y va a creer que sabe por tener letras afuera, en lugar de saber por dentro.
Derrida se queda ahí. Porque pharmakon, en griego, no se deja traducir en una sola dirección. Es remedio y es veneno. Es medicina y es droga. Es filtro mágico. Entonces, Platón quiere traducirlo solo como veneno para poder condenar la escritura frente al habla viva. El habla sería lo interior, lo verdadero, lo del alma. La escritura sería lo exterior, lo muerto, lo que solo repite sin saber. Pero la misma palabra que usa para condenarla lo traiciona, porque pharmakon también es remedio.
Esa ambivalencia es la que me interesa. Si la escritura es veneno y remedio a la vez, ya no puedes hacer la división limpia entre interior y exterior.
Y luego Derrida mete lo del suplemento. La escritura sería un suplemento de la memoria. Se supone que el suplemento se añade a algo que ya está completo. Pero, si tienes que añadirle algo para que funcione, es porque no estaba completo desde el inicio. La memoria necesita de la escritura porque por sí sola se olvida. Entonces, la escritura no es algo secundario que viene después: es lo que demuestra que el origen ya estaba incompleto. Sócrates es el mejor ejemplo: defiende el habla y no escribe nada, pero solo lo conocemos porque Platón lo escribió. Platón necesita del veneno que condena para salvar a su maestro.
Yo lo aterricé con el drag, que es el ejemplo que siempre uso para hablar de género.
Cuando me dragueo, el maquillaje es pharmakon, tal cual lo plantea Derrida. Para la mirada normativa, es veneno: es artificial, es exceso, es «eso no es verdad». Lo ponen del lado de la mentira, de la escritura sobre el rostro. Pero para mí no es esconderme; es todo lo contrario: es mostrarme. Es remedio. Es lo que me permite escribir en la cara lo que el cuerpo sin maquillaje no alcanza a decir. No hay un Alexis verdadero sin maquillaje y uno falso con maquillaje. Hay un cuerpo que necesita del suplemento para estar completo. El maquillaje no tapa, produce. No oculta una verdad interior: la hace.
Y ahí se ve lo indecidible. No puedo decir si el maquillaje cura o envenena, porque hace las dos cosas a la vez. Me cura de la obligación de ser un solo género y me envenena para la norma que quiere que sea legible en una sola casilla. Es remedio y veneno al mismo tiempo, igual que la escritura en Platón.
Por eso, La farmacia de Platón no trata de si escribir es bueno o malo. Trata de cómo la filosofía quiso expulsar la escritura como si fuera algo externo, cuando, en realidad, ya estaba adentro desde el principio.
REFERENCIAS
Derrida, J. (1975). La diseminación (J. Martín Arancibia, trad.). Fundamentos. Capítulo «La farmacia de Platón».
- Alexis Bautista Piña es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de Autor: Derrida durante el semestre 2026 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎
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