Por Esmeralda Verenice Peña Garcés1

«Antes de nombrar a América Latina, abriré un paréntesis. “[…] y el resto del mundo” es una cita, una curiosa expresión de la Asociación Psicoanalítica Internacional» (Derrida, 2017).

Así empieza Derrida Geopsicoanálisis: «And the Rest of the World». Pero ¿por qué cita «[…] y el resto del mundo»? ¿Qué tiene que ver el psicoanálisis con la ética y la política? ¿Por qué América Latina parece encontrar un lugar central? ¿Y qué tiene que ver con su expresión de «el extranjero»? Todo esto me cuestioné mientras leía este apartado.

¿Acaso hay una solución para todo esto o es un problema sin solución? La lectura no es una receta, sino una exigencia de pensamiento y acción: las instituciones deben examinar sus propios límites y preguntarse si sus principios se traducen realmente en prácticas responsables. Pero ¿qué significa asumir esa responsabilidad cuando aquello de lo que se habla no se nombra de manera específica?

No se trata de reducirlo todo a lo bueno y lo malo, sino de preguntarnos: ¿la institución defiende efectivamente a las personas o también protege su propia posición al evitar una declaración más específica? Pareciera que es más cómodo quedarse en lo universal y dejar de lado lo particular. Sin embargo, ¿qué papel desempeñan las instituciones cuando se enfrentan a una injusticia? ¿Basta con recurrir a principios generales o es necesario nombrar las circunstancias concretas en las que ocurre?

Derrida examina una discusión de la API en la que, en lugar de emitir una declaración que nombrara específicamente a Argentina, se prefirió una declaración general contra las violaciones de los derechos humanos en determinados lugares. En la lectura se lee: «La cuestión del voto por correspondencia y los cambios de opinión que pueden ocurrir entre dos votos, el uno in praesentia, el otro por correo in absentia, cruza extrañamente una alusión a las dificultades encontradas por las sociedades de América Latina y un informe para el próximo congreso de Helsinki de 1981» (Derrida, 2017, p. 382).

La cuestión no consiste únicamente en señalar que se eligió una declaración general, sino en preguntarnos qué implica esa elección: ¿qué se gana al formular una condena en términos universales y qué puede quedar sin atender cuando no se nombran las circunstancias particulares?

Esta pregunta me llevó a reflexionar sobre situaciones actuales, como las desapariciones forzadas, el uso de la fuerza policial en las protestas y la responsabilidad institucional. Nombrar cifras o reconocer que ocurrió un acontecimiento puede ser necesario para dimensionar el problema, pero ¿basta con reconocer que algo ocurrió? ¿Qué muestran esas cifras y qué experiencias quedan fuera de ellas? Las categorías generales pueden hacer visible una problemática, pero también es necesario preguntarse si permiten reconocer las experiencias de las víctimas y sus familiares, así como las responsabilidades implicadas en cada caso.

No basta con exigir que se pase de lo universal a lo particular ni con pedir que se mencione un país; también es necesario interrogar los efectos de esta manera de nombrar. ¿Qué ocurre con aquello que queda fuera del discurso institucional? ¿Pierde importancia, deja de ser reconocido o queda desplazado a un lugar en el que ya no exige la misma respuesta? Que algo no se nombre no significa que deje de existir, pero sí podemos preguntarnos qué lugar ocupa cuando una institución decide cómo hablar de ello. Nombrar no es un acto indiferente: puede implicar reconocer una situación, darle un lugar y asumir que aquello de lo que hablamos nos compromete.

Sin embargo, ¿significa esto que toda institución debe pronunciarse de manera específica sobre cada injusticia? Una declaración general no es necesariamente una forma de evasión, así como nombrar un país no garantiza una respuesta responsable. Lo importante es preguntarnos cómo se relacionan los principios que una institución afirma defender con las situaciones concretas ante las que debe responder. ¿O las instituciones sufren de un complejo de autoinmunidad? Si aquello que busca proteger a una institución puede volverse contra los principios que sostiene, cabe preguntarse si, al intentar preservar su propia posición, termina debilitando aquello que dice defender¹. No se trata de afirmarlo de antemano, sino de examinar esa posibilidad a partir de sus decisiones y sus efectos.

Quizá no se trate de abandonar lo universal, sino de preguntarnos si puede sostenerse sin atender a las vidas concretas que pretende proteger. Y aquí vuelve mi pregunta por el extranjero². Derrida describe el síntoma como un cuerpo extranjero al yo y se coloca a sí mismo en esa posición frente a cierto sector de la institución analítica. Lo extraño no aparece simplemente como algo exterior, sino como aquello que perturba y pone en cuestión la manera en que el yo se comprende a sí mismo. A partir de esta relación, me pregunto: ¿qué sucede cuando aquello que una institución considera extraño o ajeno cuestiona la imagen que tiene de sí misma? ¿Puede aquello que queda fuera de su discurso convertirse precisamente en lo que revela sus límites?

Quizá reconocer al otro también implique preguntarnos por aquello que nos resulta extraño a nosotros mismos. Hablar del extranjero y del síntoma no significa equiparar al otro con una anomalía, sino examinar qué revela aquello que irrumpe en un orden establecido y que este no consigue asimilar sin cuestionarse.

Entonces, antes de hablar de los demás, ¿las instituciones deben revisar desde dónde hablan, a quién reconocen y a quién dejan en la periferia?

REFERENCIAS

Derrida, J. (2017). Psyché: Invenciones del otro (M. B. Cragnolini et al., Trads.). Ediciones La Cebra.


Notas

¹ La autoinmunidad es, según Derrida, una paradoja vital y política que ocurre cuando un cuerpo social se ataca a sí mismo intentando protegerse.

² «La segunda alusión al cuerpo extranjero, con algunas líneas de intervalo, define el síntoma, ni más ni menos, como un cuerpo extranjero al yo. El síntoma es siempre un cuerpo extranjero, es necesario descifrarlo como tal y, desde luego, un cuerpo extranjero es siempre un síntoma, hace siempre síntoma en el cuerpo del yo, es un cuerpo extranjero al cuerpo del yo» (Derrida, 2017).

  1. Esmeralda Verenice Peña Garcés es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de Autor: Derrida durante el semestre 2026 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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