Por Alexis Bautista Piña1
En Psyché, Derrida deja caer entre paréntesis una frase en inglés: «and the rest of the world». El resto del mundo.
La frase es pequeña, casi un susurro. Pero si te detienes ahí, abre todo. Porque lo que está diciendo es que, después de hablar del sujeto, del yo, de la invención, del poema, siempre queda un resto. Un resto que no cabe en el diván. Un resto que es la calle, el barrio, la ciudad, el país, el planeta. El psicoanálisis y la filosofía occidental se han pasado siglos mirándose el ombligo. El geopsicoanálisis propone levantar la cabeza.
La tesis es simple y radical a la vez: no hay psique sin geografía. No hay inconsciente sin territorio. No te deprimes igual en el vacío que en la Ciudad de México, a 2,240 metros de altitud, con contingencia ambiental, ruido constante y 22 millones de personas respirándote cerca. No es lo mismo la ansiedad en un departamento de 40 metros en la Obrera que en una casa con jardín en San Ángel. El suelo que pisas te pisa a ti también. El lugar piensa por ti antes de que tú pienses el lugar.
Nos enseñaron que el inconsciente es atemporal y universal. Que todos tenemos el mismo Edipo. Pero eso es mentira. El inconsciente tiene código postal, tiene clase social, tiene género, tiene tono de piel. No es lo mismo crecer al lado de un río que al lado de un periférico. No es lo mismo ser leído como hombre en la calle que ser leída como mujer o como cuerpo disidente.
Y aquí quiero poner mi ejemplo concreto, desde donde yo lo vivo, desde el mundo drag, para que no se quede en teoría:
No es el mismo yo cuando camino de día sin drag que cuando camino ya montado en la noche. De día, soy casi invisible. Paso, compro, tomo el metro. La ciudad no me interroga. De noche, con peluca, tacón y maquillaje, el mapa entero cambia. Hay avenidas donde mi cuerpo brilla y se vuelve fiesta, donde me aplauden, donde me piden foto. Y hay otras cuadras, a solo dos calles de ahí, donde ese mismo cuerpo se vuelve peligro. Donde tengo que calcular por dónde entro al antro, por qué calle salgo, qué taxi tomar, si me quito la peluca antes para llegar seguro a casa. Mi inconsciente no carga solo mi historia infantil. Carga la geografía del festejo y la geografía del miedo que esta ciudad le impone a un cuerpo drag. Carga las miradas, los gritos, los silencios. El miedo no es solo mío: es del territorio. La libertad tampoco es solo mía: es de las esquinas que me la permiten. Eso es geopsicoanálisis: entender que mi psique se monta y se desmonta según la calle que pisa.
Que no hay un yo fijo, sino un yo situado.
De esta experiencia salen tres rupturas que propone el geopsicoanálisis:
- El adentro no lo explica todo. No todo es tu mamá, tu padre o tu infancia. Esa es la trampa del psicoanálisis despolitizado. A veces tu angustia no es falta de amor materno, sino que llevas dos horas en el transporte, te subieron la renta y te van a sacar de tu colonia, hace 35 grados y no puedes dormir, o el antro donde eras libre lo clausuraron. El duelo también es territorial. Se llora una casa, una banqueta, un barrio.
- El mapa es un síntoma. El inconsciente dibuja mapas. ¿Por qué siempre sueñas que te persiguen y el laberinto tiene la forma exacta del Metro Pino Suárez? ¿Por qué tu ataque de ansiedad aparece justo cuando cruzas una avenida específica? ¿Por qué tu cuerpo se tensa automáticamente en ciertas paradas? No es casualidad. Tu psique está cartografiando un poder que tu razón aún no pone en palabras. El síntoma tiene coordenadas.
- Curar es reterritorializar. No basta con hablar y hablar en el diván. Curarse también es un acto geográfico. Es volver a tomar el espacio que te dijeron que no era tuyo. Es reclamar la banqueta con el cuerpo que quieres ser. Es caminar con orgullo aunque te miren. Es construir refugios: el camerino, la fiesta, la esquina con tus amigas donde sí puedes reír fuerte. Es hacer pie de nuevo.
Derrida pone «and the rest of the world» entre paréntesis porque toda la tradición hizo lo mismo: puso al mundo entre paréntesis para hablar solo del sujeto soberano. El geopsicoanálisis le da la vuelta completa a esa operación. Nos dice que nosotros somos el paréntesis del mundo, no al revés. Que el mundo no está afuera de nosotros como decorado, sino que está adentro, estructurándonos.
Hoy la clínica no puede seguir atendiendo sujetos sin mundo. No puede seguir mandando a meditar a quien vive con estrés hídrico ni llamar ansiedad generalizada a lo que es miedo concreto a no llegar a fin de mes, a que te acosen, a que te violenten por cómo te ves. Entender esto cambia todo. Porque, si el mundo está enfermo de desigualdad y violencia, la salida no es solo individual. Es colectiva y es territorial.
Curarse, al final, es dejar de flotar en el vacío del yo y volver a hacer pie, con tacones o sin ellos, en el resto del mundo.
- Alexis Bautista Piña es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de Autor: Derrida durante el semestre 2026 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎
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