Angel Celedonio Serrato1
La comunicación entre individuos se ha dado a lo largo de la historia humana. Primero comenzó a través de imágenes y, después, mediante una escritura alfabética representada por signos que, a su vez, refieren a un sonido determinado. Derrida, en el capítulo titulado «Firma, acontecimiento y contexto» de su obra Márgenes de la filosofía, vuelve a tratar el tema de la escritura, como lo hiciera en su libro titulado De la gramatología, pero ya no simplemente como un mero hecho de transmitir un mensaje a un receptor, sino, más bien, se refiere a la escritura como un proceso de comunicación en el que un escritor se da a la tarea de escribir para un lector metafísico o ficcional.
¿Por qué digo que el lector es metafísico o ficcional? Porque el escritor tiene como fin primario que sus ideas se difundan a través de los textos que escribe, sin saber a ciencia cierta qué persona leerá el texto que el escritor elaboró. Derrida dice al respecto:
«Se escribe para comunicar algo a los ausentes. La ausencia del emisor, del destinatario, en la señal que aquél abandona, que se separa de él y continúa produciendo efectos más allá de su presencia y de la actualidad presente de su querer decir» (Derrida, 1994: 354).
El hecho de que el escritor publique su obra sin conocer la identidad de sus lectores hace posible que su texto se difunda a mayor escala, pues los avances tecnológicos, como la imprenta y el internet, tienen un impacto trascendental en la difusión de la información y el conocimiento. Sin embargo, el individuo debe ser cuidadoso en el uso que les dé a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC), ya que estas últimas lo bombardean con una gran cantidad de información escrita que, en la mayoría de las ocasiones, no es útil.
Sin embargo, el texto que para un lector es desconocido posibilita que la obra perdure a través del tiempo y, aunque, como he señalado en el párrafo anterior, las TIC nos saturan de información basura, paradójicamente también posibilitan que la obra de un autor llegue a las generaciones futuras a través de la marca o huella que va dejando el escritor por medio de su texto. Derrida argumenta al respecto:
«(El concepto de marca podría estar determinado de otra manera que como lo hace Condillac. Marcar quiere decir, según él, expresar, representar, recordar, hacer presente (“la pintura debe su origen probablemente a la necesidad de marcar así nuestros pensamientos, y esta necesidad sin duda ha cooperado a conservar el lenguaje de acción como aquel que podría ser más fácilmente pintado”) (“Sobre la escritura”, pág. 128).)» (Condillac, citado por Derrida, 1994: 354).
Al perdurar en el tiempo el texto de un escritor determinado, se pueden seguir las marcas que este va dejando en las generaciones que leen sus obras. En este sentido, puedo notar que los filósofos anteriores a mi contexto social, político y económico han dejado una huella sólida en sus textos y, gracias a ellos, puedo darme cuenta de cómo me afecta lo que sucede en el contexto político, económico y social en el que estoy inmerso, pues los textos de la mayoría de los filósofos que me precedieron siguen estando vigentes en la actualidad.
Gracias a la escritura, me es posible acceder al pensamiento de las personas que han publicado un libro antes que yo, puesto que la escritura nos sirve de puente tanto al escritor como a mí para dialogar. Él vierte, a través del texto, sus afectos, sus circunstancias y lo que pasaba en su contexto, mientras que yo, por mi parte, puedo entender lo que le acontecía al escritor en su tiempo y puedo traerlo a mi presente para explicar filosóficamente mi propio contexto.
Sin la escritura como medio de comunicación, me sería imposible entender el pensamiento de quienes me precedieron. Sin el vínculo entre escritor, escritura y lector, no podría conocer cómo vivían otras comunidades. Sin la escritura, no habría conciencia colectiva; es decir, no habría comunidad.
BIBLIOGRAFÍA
Derrida, J. (1994). Los márgenes de la filosofía. Cátedra.
- Angel Celedonio Serrato es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de Autor: Derrida durante el semestre 2026 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎
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