Alexis Bautista Piña 1

Lo que me detona de Márgenes de la filosofía es que Derrida no está escribiendo un concepto, está haciendo una escena, está haciendo drag con una sola letra y, con eso, le hace un corte a toda la historia de la metafísica, porque escribe différance con «a» en lugar de différence con «e» y sabe perfectamente que esa diferencia no se va a escuchar. En francés suenan idéntico; solo se ve al leerla, y ahí ya está toda la jugada, porque la filosofía occidental que él critica quiso creer que la verdad estaba en la voz, en la presencia inmediata, en el logos que se oye claro y natural, y Derrida le mete una letra muda que no suena, pero que, al escribirse, lo cambia todo.

Desde mi perspectiva, eso me hace sentido porque la différance no es, no existe como una cosa que yo pueda apuntar. No puedo decir qué es sin traicionarla, porque, si la defino, la convierto en presencia, y ella es justo lo que impide que algo esté presente del todo. No es una palabra ni un concepto; es un movimiento, es el juego entre dos sentidos del verbo différer, que son diferenciar y aplazar. Por un lado, nada significa por sí mismo, solo significa porque es diferente a otra cosa; y, por otro lado, su sentido nunca está aquí, siempre se pospone para después, siempre remite a otra palabra.

Yo lo entiendo desde el género porque, para mí, el género es différance, y eso me lo enseñó el drag mucho antes que Derrida, sin que yo supiera que me lo estaba enseñando. Y quiero aclarar mi postura porque, para mí, el drag no es un hombre que se viste de mujer; el drag es la exageración del género mismo. Hay mujeres que exageran lo femenino, hay mujeres que se visten de hombres, hay hombres que exageran lo masculino, hay cuerpos que exageran el género hasta romperlo, y es esa exageración lo que demuestra que no hay un origen.

Y aquí hago la distinción: el drag claro que es original en el sentido de creatividad, de originalidad; es de lo más original que hay. Pero lo que demuestra es que no hay un original en el sentido de origen verdadero y auténtico. No hay una mujer verdadera y primera que sea el molde original y luego la copia drag. La mujer que se cree natural y verdadera también está copiando, citando gestos de otras; es una cadena de copias sin un origen verdadero primero, es performatividad pura. Y, cuando alguien está en drag en escena, su género no está presente, está diferido, está hecho de huellas, de gestos que aplazan lo que se espera de él hacia el próximo movimiento, hacia la próxima canción.

Lo queer funciona igual: no es una identidad que cierra y dice «yo soy esto y ya»; lo queer es lo que pasa cuando, en un lugar donde todos esperaban que te escribieras con «e», de esencia, de normal, tú llegas y te escribes con «a», te escribes torcida, te escribes aplazada, te escribes diferente, y muestras que el género nunca fue una presencia plena, sino una escritura sobre el cuerpo.

Por eso, la différance es como el glitter después del show. No es el show, pero, sin ese glitter, no hubo show; queda pegado en la piel, en la cama, en la ropa, es la marca de algo que nunca estuvo presente del todo, pero que hizo posible todo lo demás. Y ahí está lo político que me interesa: si el sentido siempre se aplaza y siempre es diferente, entonces siempre podemos reescribirlo. No estamos condenados a la «e» que nos dieron al nacer; podemos vivir, amar y desear en la «a».

  1. Alexis Bautista Piña es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de Autor: Derrida durante el semestre 2026 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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