Por Imelda Silva Olvera1

No es lo mismo hablar de maternidad que pensar la maternidad. Durante años habité la experiencia cargada de afectos, prescripciones y contradicciones, sin tener las herramientas para nombrarla y comprenderla. Desde una mirada filosófica, es posible advertir que lo que suele interpretarse como “fracasos personales” no son sino efectos de construcciones discursivas, históricas y políticas que han moldeado el significado de ser madre. Por consiguiente, resulta necesario desarrollar un marco teórico que permita deconstruir el “deber ser” de la maternidad y avanzar hacia una ontología del maternar. Lo que planteo es transitar de una maternidad entendida como obligación hacia un maternar que se revela como estructura del ser; es decir, “la posibilidad de estar en el mundo, estar al cuidado de ‘lo otro’ y de uno mismo” (Rodríguez Ortíz: [notas], 2026).

¿Qué es y cómo se aplica la deconstrucción?

La deconstrucción, tal como la describe Derrida, es una “acción de desconstruir, […] desensamblar las partes de un todo” (Derrida: 1997). No se trata de aniquilar conceptos, sino de desglosarlos para comprender cómo están construidos. Esto implica que la maternidad no responde a una esencia natural, sino que constituye una construcción histórica y discursiva susceptible de ser pensada y resignificada. Al deconstruir la maternidad, se advierte que muchas de las normas que se siguen ciegamente funcionan como representaciones que ordenan, disciplinan y normalizan la experiencia. Porque “si lo entendemos como obligatoriedad ya es un mandato” (Rodríguez Ortiz, [notas], 2026).

Históricamente, la maternidad se ha padecido como un yugo, como un “deber ser” que exige ajustarse a modelos ajenos, donde cualquier desviación es sancionada por los códigos imperantes, por ese mandato político y de género que moldea la subjetividad.

Se abandona así la condición de “buena madre”; se sale del marco que etiqueta y controla la identidad para transitar hacia la persona que materna: “maternar entonces no es un mandato antropocéntrico que deviene del parentesco ni mucho menos de la propiedad privada o los modos de producción heteronormativos, es un modo de existir en responsabilidad con lo otro (multiespecies)” (Rodríguez Ortíz: 2022).

Esta perspectiva se ve reforzada al comprender que aquello que se presenta como “natural” no es más que una imagen, tal como se desprende del análisis que hace Foucault en Las Meninas: “así como el rey aparece en el fondo del espejo en la misma medida en que no aparece en el cuadro” (Foucault: 1968, p. 24). La “madre” se erige como ficción normativa: quien materna no se ve a sí misma en el mandato; solo contempla el ideal que la precede.

El borde, lejos de ser una línea divisoria simple, se configura como la periferia. Es en este margen donde se abre la posibilidad de conocimiento tanto de sí como de lo otro. Se comprende, en consecuencia, que la existencia de maternar se despliega en un cruce perpetuo de fronteras, en un tránsito constante que va de lo dado y lo impuesto hacia la elaboración de lo propio.

Culpa como mecanismo de control

Sin embargo, la vivencia materna suele estar atravesada por la culpa, que se erige como el principal obstáculo para la autonomía. Una culpa que se siente en el cuerpo y en la conciencia como prueba irrefutable de responsabilidad, pero que, al analizarla, se revela como un mecanismo de control: “nos vestimos con normas y reglas: nos ponemos capas y capas de ropa; no sabemos dónde está nuestra desnudez” (Rodríguez Ortíz: 2022). La culpa funciona como una vestidura ajena que oculta la verdad y la esencia propia. Esta realidad coincide con la propuesta de Zizek, para quien “el mal diabólico es lo Real no fenomenalizable, el punto de intersección imposible entre el bien y el mal” (Zizek: 2011, p. 253).

Con frecuencia, la ley o las reglas se viven como principios claros de bien y mal, pero, en realidad, operan en un espacio que trasciende esa simple distinción: son fuerzas que se imponen por su propia naturaleza, sin ajustarse a lo que se considera correcto o incorrecto, y que llevan a abandonar la propia identidad, confundiendo sumisión con entrega. Asumir esta condición, sin caer en la victimización, es lo que Nietzsche denomina espíritu trágico: una actitud que consiste en comprender que “el individuo padece en sí la contradicción primordial oculta en las cosas” (Nietzsche: 2004, p. 97). En ese padecer, sin embargo, no hay rendición: el espíritu se regenera al afirmar que el dolor y el cambio son parte inherente de la vida, no para resolverla, sino para habitarla.

En el borde y la frontera

Habitar el límite entre la maternidad y el maternar es una superación que el pensamiento crítico posibilita al permitir identificar los cortes y los bordes que definen la experiencia2. Se reconoce así que la ontología de maternar transforma los propios límites sin que el desbordamiento implique pérdida de control, sino su despliegue; por tanto, “el agenciamiento político permite ubicar los límites, cortes, bordes; no importa que nos desbordemos” (Rodríguez Ortíz, [notas], 2026, s/p).

Ya no se trata de padecer las emociones como fuerzas externas, sino de asumirse como sujeto analítico capaz de discernir dónde concluye lo impuesto y dónde irrumpen lo propio y lo auténtico. La frontera no es solo un lugar geográfico o simbólico; es el espacio donde la corporalidad se inscribe y se relaciona con el mundo.

Comprender la ontología de maternar es comprender una manera misma de ser: cuidar, acoger y tejer vínculos que sostienen la realidad. Estas actividades no son meras funciones, sino los elementos que constituyen y sostienen la propia existencia.

Del deber ser a la hospitalidad

Durante años se entendió el cuidado como una carga, como un “amor incondicional” que se imponía con carácter de obligación, cercano a un precepto que debía cumplirse bajo las normas establecidas. Esta visión reduce el acto de cuidar a un simple cumplimiento externo, donde la apertura hacia el otro no nace de la libertad, sino de la presión y la expectativa social.

Sin embargo, el planteamiento ontológico invita a cruzar esa frontera y trascender la propia maternidad para “transitar hacia la hospitalidad incondicional” (Rodríguez Ortíz, [notas], 2026, s/p). Ya no se trata de abrir la puerta por imposición, sino de acoger “lo otro” —y acogerse a sí misma— sin condiciones, sin cálculos, sin exigir que todo encaje en un orden preestablecido. Esta transformación implica comprender que acoger no es controlar ni moldear la realidad a nuestra medida, sino permitir que lo diferente exista y se manifieste tal cual es.

Acoger lo que llega, incluso aquello que no se puede controlar ni nombrar, constituye el acto más libre que existe. Esta apertura requiere soltar; se comprende entonces que la ley de abandono no es una pérdida, sino más bien una posibilidad, donde se actúa sin esperar reciprocidad ni seguridad, entendiendo que solo soltando el control es posible cuidar de manera auténtica3. Como bien se señala, “el abandono es la posibilidad misma del cuidado” (Rodríguez Ortíz: 2022); este proceso implica, a su vez, no abandonarse a sí misma.

Desde esta perspectiva, maternar alude a una dimensión ontológica que trasciende la mera función biológica y social. No designa una acción aislada, sino un modo originario de estar en el mundo, caracterizado por la apertura, el cuidado y la responsabilidad ante la existencia de lo otro. Es, en esencia, la dinámica misma que sostiene y teje la realidad; la restitución de la propia fuerza de ser y de actuar, tal como lo expresa la ontología de Spinoza: “el cuerpo humano puede ser afectado de muchas maneras por lo que su potencia de obrar aumenta o disminuye, y también de otras maneras que no hacen mayor ni menor esa potencia de obrar” (Spinoza: 1980, p. 124, citado en Rodríguez Ortíz, 2022). Esto no como mandato universal, sino como forma de existir en responsabilidad con lo otro: aquella que consiste en el tránsito constante de lo dado a lo construido, de lo impuesto a lo propio, de la obligación al cuidado.

Este modo de existir no rompe con la tradición, sino que la resignifica y la reproduce, modificando su sentido y alcance, como señala Benjamín: la técnica permite sacar la obra del ámbito de la tradición y multiplicarla, con lo cual “la obra de arte se ha convertido en una creación dotada de funciones completamente nuevas” (Benjamín: 2003, p. 54). Se asume, en consecuencia, la herencia del cuidado, pero se le confiere una forma renovada, libre de mandatos. Pensar el maternar, entonces, ya no es hablar de ello desde afuera: es pensarlo desde el cuerpo que lo habita. En última instancia, no como destino que se impone, sino como posibilidad que se abre en la acogida de lo inesperado.

Hoy, al mirar atrás, ya no me reconozco en aquella que habitaba la culpa sin nombrarla. La deconstrucción no borró mi experiencia, sino que me devolvió la potencia de habitarla de otro modo.

REFERENCIAS

  • Nietzsche, F. (2004). El nacimiento de la tragedia o Grecia y el pesimismo, Alianza Editorial.
  • Rodríguez Ortíz, Roxana. (2022, agosto). Ontología de maternar [Ponencia]. Seminario permanente “Maternidades: cuerpo, movimientos y fronteras”, México.
  • Rodríguez Ortíz, Roxana. (2026). Curso de estética [Material de clase]. Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM), plantel San Lorenzo Tezonco.Zizek, S. (2011). El acoso de la fantasía. Ediciones Akal.
  • Zizek, S. (2011). El acoso de la fantasía. Ediciones Akal.

  1. Imelda Silva Olvera es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el curso de Estética durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎
  2. Borde, entendido como el resto, la periferia, es decir, una estética ontológica. El corte, por tanto, es el ángulo, la posibilidad de conocimiento, del otro, de lo otro. Recuperado de notas de la materia estética, impartida por Rodríguez Ortíz Roxana, en la UACM, 2026. ↩︎
  3. Da cuenta de otras categorías como la rebeldía, desobediencia, resistencia, vulnerabilidad. Recuperado de la materia estética impartida por Rodríguez Ortíz Roxana, en la UACM, 2026. ↩︎


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