Por Alexis Bautista Piña1

Me llamo Alexis, pero cuando me transformo aparezco como Miau: un gato del que nadie sabe con certeza si es gato o gata, porque simplemente no tiene género. Y quizás ahí está su primera verdad. Mi acercamiento al drag no empezó en un museo ni en un aula donde alguien me explicara qué era el arte. Empezó en la calle, entre el ruido de la ciudad y la urgencia del escenario.

No hago drag por dinero ni únicamente por sentirme bonita. Lo hago porque hay algo profundamente liberador en esa transformación: una especie de permiso para jugar con los límites, desdibujar las fronteras que nos enseñaron a respetar y cuestionar aquello que nos presentan como “natural” o “normal”. Hacer drag, para mí, es una forma de intervenir en la realidad; una manera de decir que las cosas no tienen por qué ser como nos dijeron que debían ser. Como sostiene Foucault: “donde hay poder, hay resistencia, y no obstante ésta nunca está en posición de exterioridad respecto del poder” (Foucault, 1998, p. 116). Miau no critica el género desde afuera: lo habita, lo exagera y lo retuerce hasta mostrar que no hay esencia detrás, sino solo reglas que aprendimos a repetir.

Miau nació en una protesta contra el maltrato animal. La idea era simple y brutal: representar a un gato sosteniendo una cabeza humana mientras cargaba un cuerpo humano cubierto de cal. Una imagen del daño que los humanos hemos ejercido sobre los animales sin razón alguna. Era una crítica; una denuncia visual. Recuerdo las miradas de quienes se detenían a observar. Había desconcierto. Algunas personas sentían asco, otras fascinación, y otras no sabían exactamente qué habían sentido. Varias personas se acercaron a tomarse fotos. Entre todas esas reacciones, alguien me dijo: “Eso es una expresión artística”. En ese momento no supe qué expresión era; después entendí que se trataba de un performance.

Días después, cuando salí de antro, un amigo cercano me habló de su trabajo y me explicó qué era hacer drag queen y drag king. Lo dijo con una sencillez que todavía recuerdo: “Es vestirse de mujer y sentirse libre”. Algo en esa frase hizo clic. Esa misma noche vi nacer mi primera identidad drag. Él me ayudó a transformarme frente al espejo. Cuando vi esa primera imagen, sentí una mezcla de placer, extrañeza y reconocimiento, como si estuviera viendo algo que siempre había estado ahí, esperando salir.

Más adelante conocí a otra persona del ambiente nocturno que también hacía drag, y me dijo algo que cambió por completo mi forma de verlo: “Para hacer esto, tienes que saber qué estás haciendo, qué quieres transmitir y qué quieres mostrar”. No bastaba con transformarse; había que tener algo que decir.

Al día siguiente me puse a investigar todo lo que podía sobre el drag. Descubrí que el término proviene del argot escénico inglés del siglo XIX y que está ligado al teatro isabelino, cuando las mujeres tenían prohibido actuar y los personajes femeninos eran interpretados por hombres. También encontré la popular explicación de “Dressed As Girl”. Más allá de la precisión histórica, entendí que el drag siempre ha sido una forma de transgresión, incluso cuando se practicaba bajo reglas ajenas.

Lo que más me impactó fue descubrir su diversidad en todo el mundo. Aquí, el drag no se limita a la imitación de lo femenino. Hay drag oscuro, fish, glamuroso, folclórico, conceptual, político y drag masculino. Hay infinitas posibilidades. Y, entre todas ellas, encontré un lugar para Miau.

Empecé a diseñarlo y a preguntarme quién era, por qué existía y qué quería decir. Volví a pensar en aquel performance del gato y entendí que ahí estaba la respuesta: Miau sería un gato humanoide, ambiguo e imposible de clasificar por completo; un personaje conceptual que incomoda porque no se deja nombrar fácilmente. Judith Butler explica este mecanismo cuando afirma que “el género resulta ser performativo, es decir, que constituye la identidad que se supone que es” (Butler, 2007, p. 266).

Miau no “es” gato ni gata antes de subir al escenario; se hace en el acto de maquillarse, caminar y mirar al público. Y, al hacerlo, “al imitar el género, el drag revela implícitamente la estructura imitativa del propio género, así como su contingencia” (Butler, 2007, p. 269). Cuando la ambigüedad de Miau desconcierta, la mirada ajena evidencia que no existe un género original del cual partir.

Descubrí que mi drag entra en la categoría llamada drag conceptual, una vertiente que no busca la “perfección” del personaje, sino que prioriza el mensaje que desea transmitir; la narrativa que se construye en cada uno de los espectáculos que se montan por encima del transformismo o del glamour convencional. Este enfoque utiliza al personaje como un lienzo para explorar el arte contemporáneo, la política o la deconstrucción, en lugar de limitarse a imitar los estereotipos de género masculinos o femeninos.

A partir de ahí vino el trabajo minucioso: diseñar el maquillaje, practicar cada trazo, imaginar los vestuarios y construir una estética. Pero también pensar los temas, porque para mí el drag nunca ha sido solo apariencia: es un discurso encarnado. Como plantea Judith Butler en “El género en disputa”, “el género se constituye mediante actos performativos que se inscriben en el cuerpo, convirtiendo prácticas como el drag en espacios donde se evidencia y subvierte la norma” (Butler, 2007, pp. 268-270).

Cuando estoy sobre el escenario y hago espectáculos que hablan de homofobia, de la cultura de la Ciudad de México, de violencia o de resistencia, el drag se vuelve lo que Jacques Rancière llama una reconfiguración del reparto de lo sensible (Rancière, 2009, p. 19). Me interesa la expresión exacta que aparece en el rostro del público cuando me mira. El desconcierto es político porque interrumpe el reparto de lo sensible: cuestiona qué cuerpos tienen lugar en un escenario, qué es considerado arte y bajo qué normas se decide lo legible. Solo queda la fuerza de la vida jugando con sus propias máscaras. Es bello porque nos arrastra a una experiencia sin concepto.

Cuando estoy en modo Miau ocurre lo que Nietzsche llama embriaguez dionisíaca: un desbordamiento de los instintos donde la naturaleza se muestra sin moral. El público no sabe si reír, si llorar o si sentirse incómodo. Esa sensación “rara, tierna y oscura” es estética porque suspende el juicio lógico.

Siempre vuelvo a esa idea cuando pienso en Miau, porque mi personaje existe justamente en ese lugar incómodo donde no hay una definición clara, donde quien observa se enfrenta primero a la sensación y después a la pregunta.

Ese instante de desconcierto me parece valioso porque ahí ocurre algo: la mirada deja de consumir pasivamente y empieza a preguntarse: ¿Qué estoy viendo? El arte no es solamente lo bonito o la belleza; tampoco está hecho siempre para explicarse.

Kant, en su obra “La crítica del juicio”, dice que “lo bello es lo que sin concepto place universalmente”. El juicio estético, según él, no responde a la lógica ni a la utilidad; no importa tanto lo que una cosa es, sino lo que provoca en quien la contempla. Lo agradable satisface los sentidos. Lo bello, en cambio, pone a dialogar la imaginación con el entendimiento.

Por tanto, mi hipótesis es que el drag es una expresión de lo bello porque, al verlo, genera una sensación sublime y monstruosa a la vez. No es solo entretenimiento: es una práctica estética y política que desarma aquello que la sociedad sexual impone como natural. Esto ocurre porque, como sostiene Slavoj Žižek, la ley no reprime el deseo, sino que administra las formas “correctas” de gozar. El drag, al exhibir un goce que excede esa regulación, revela el artificio de lo que llamamos natural (Žižek, 1999, p. 251).

Miau, al ser un gato humanoide que no es gato ni gata, encarna ese goce que se sale del mandato. Es monstruoso porque no goza como “debe” gozar un hombre o una mujer. Es sublime porque, al mostrar ese exceso, evidencia que la ley sexual es una ficción que necesita expulsar lo que no encaja para sostenerse como natural.

Por eso vuelvo a la calle, al ruido y a la urgencia donde empezó todo. Miau no nació para convertirse en arte de museo ni para encajar en un aula de clases de arte. Nació para sostener el acto que la ley sexual no sabe nombrar: gozar sin permiso, sin género y sin concepto. Sí, como dice Žižek (1999), la ley organiza el modo “correcto” de desear; entonces, Miau es la ética más allá del bien que esa ley teme. Es el síntoma que devuelve la norma a su vacío.

Cuando el público me mira y no sabe si soy gato o gata, si debe reír o sentir asco, no está frente a un disfraz. Está frente a su propio goce no regulado, frente a lo real que la heterosexualidad obligatoria expulsa para parecer natural. Ahí el drag deja de ser espectáculo y se vuelve interrupción.

No hago drag para que me entiendan. Lo hago para que la pregunta quede abierta, para que el desconcierto no se resuelva. Porque mientras exista un cuerpo que no se deje clasificar, habrá una grieta en el reparto de lo sensible. Y, en esa grieta, Miau seguirá maullando. No pide ser bello. Pide ser insoportable. Porque solo lo insoportable nos obliga a inventar otra forma de mirar, de gozar y de vivir.

Referencias

  • Butler, J. (2007). El género en disputa: El feminismo y la subversión de la identidad (M. A. Muñoz, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 1990)
  • Foucault, M. (1998). Historia de la sexualidad 1: La voluntad de saber (U. Guiñazú, Trad.). Siglo XXI. (Obra original publicada en 1976)
  • Kant, I. (1992). Crítica del juicio (M. García Morente, Trad.). Editorial Porrúa. (Obra original publicada en 1790)
  • Nietzsche, F. (2007). El nacimiento de la tragedia (A. Sánchez Pascual, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1872)
  • Rancière, J. (2009). El reparto de lo sensible: Estética y política (C. Durán, Trad.). LOM Ediciones. (Obra original publicada en 2000)
  • Žižek, S. (1999). El acoso de las fantasías (C. Braunstein Saal, Trad.). Siglo XXI Editores.
  • Baker, R. (1994). Drag: A History of Female Impersonation in the Performing Arts. New York University Press
  • Senelick, L. (2000). The Changing Room: Sex, Drag and Theatre. Routledge.

  1. Alexis Bautista Piña es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el curso de Estética durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎


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