Por Diana María Quintero Jerez1
En el Pacífico colombiano, en los municipios del Bajo Atrato que llevan décadas habitando el borde entre la guerra y la vida cotidiana, las parteras saben cosas que ningún protocolo médico ha podido codificar completamente. Saben leer en el cuerpo de una mujer señales que anteceden al parto por horas, a veces por días. Ese saber no está en ningún libro, sino en las manos, en los años de contacto sostenido, en la historia acumulada de haber habitado el umbral entre la vida y la muerte de una manera que ninguna formación académica puede reproducir en cuatro años de carrera.
No es saber popular que espera ser validado por la academia. Es competencia epistémica específica que emerge de una posición específica. Y cuando esa posición es destruida —por desplazamiento, por desterritorialización forzada— ese saber desaparece con ella. No como pérdida cultural, más bien como destrucción de una estructura epistémica real.
Esta pregunta, la de qué tipo de conocimiento produce la posición encarnada y por qué su destrucción importa filosóficamente, es el nudo que esta tercera entrada trabaja. Para llegar a él hay que pasar por Anzaldúa, por Haraway, por Denise Najmanovich y por la propuesta de ecología del afecto de Roxana Rodríguez Ortiz.
Anzaldúa lo formuló con una frase que todavía incomoda en los seminarios de teoría del conocimiento: sé cosas más antiguas que Freud, más antiguas que el género. para la autora el cuerpo porta un archivo de conocimiento que antecede y excede a cualquier marco conceptual disponible para nombrarlo, y esto no es evidencia de arrogancia epistémica sino más bien un presupuesto ontológico necesario y fundamental. Lo que Anzaldúa llama la facultad —la capacidad de leer en los fenómenos superficiales la estructura profunda— es semiótica practicada y sedimentada en años de habitar posiciones de riesgo permanente. Las parteras del Pacífico tienen esa facultad y los maestros comunitarios que educan donde el Estado no llega la tienen. No porque sufrir más enseñe más, sino porque la posición de riesgo permanente produce una competencia epistémica específica que otras posiciones no generan.
La facultad: la capacidad para distinguir en los fenómenos superficiales el significado de realidades más profundas, un sentir instantáneo, una percepción rápida a la que se llega sin razonamiento consciente.
Anzaldúa (2016, p. 85)
Haraway nombra la operación que excluyó ese saber como el truco de dios, la visión desde ninguna parte que en realidad es la visión desde un lugar muy específico que se universalizó borrando sus propias marcas. La objetividad, propone Haraway, no se logra eliminando al sujeto sino situándolo con precisión. Solo una visión parcial promete una visión objetiva.
Najmanovich añade la dimensión ontológica: un conocimiento que pretende operar desde fuera de la trama no está produciendo mejor conocimiento; está pretendiendo que la trama no existe. Estar en la trama significa responder por los efectos del conocimiento propio sobre otros nodos. Esa responsabilidad no es solo moral como agregado externo, sino que es epistémica como condición de posibilidad.
La ecología del afecto de Rodríguez Ortiz nombra lo que las dos anteriores dejaban implícito: la potencia de afectar y ser afectado es la estructura básica desde la que el conocimiento más potente se produce. El duelo no interfiere con el pensamiento. Es la experiencia de mantener al otro dentro de uno sin clausurar su ausencia, de habitar la pérdida como condición epistémica en lugar de convertirla en dato archivado. Las parteras del Bajo Atrato lo saben. Han habitado el umbral entre la vida y la muerte el tiempo suficiente como para que el afecto se haya vuelto saber.
Solo una visión parcial promete una visión objetiva. La objetividad feminista significa simplemente saberes situados.Haraway
(1988, p. 579)
Lo que emerge del choque difractivo entre estas cuatro voces tiene una estructura precisa; la posición encarnada del sujeto fronterizo no es un punto de vista entre otros. Es un archivo corporal de la historia de poder que produjo esa posición, y ese archivo contiene capacidades epistémicas específicas. Quien conoce desde esa posición sabe cosas que otras posiciones no pueden saber, no por privilegio del sufrimiento sino por la especificidad de lo que esa posición pone en contacto con el mundo.
A eso, al saber que emerge de la posición encarnada específica, de la relacionalidad que esa posición produce con el territorio y con los otros, de la situacionalidad que la hace tanto irreproducible como responsable, la investigación doctoral lo denomina relacionalidad epistémica situada. La estructura filosófica de una condición epistémica que consiste en entender que, quien conoce importa, la posición encarnada constituye lo que puede conocerse, y ese conocimiento es riguroso y responsable precisamente porque no pretende venir de ninguna parte.
La partera del Pacífico no necesita que esta investigación la legitime. Lleva siglos siendo real. Lo que esta investigación intenta es construir las categorías filosóficas para que el sistema académico pueda ver lo que siempre estuvo ahí.
Referencias
- Anzaldúa, G. (2016). Borderlands / La Frontera: La nueva mestiza. Capitán Swing.
- Haraway, D. (1988). Situated Knowledges. Feminist Studies, 14(3), 575-599.Haraway, D. (2019). Seguir con el problema. Consonni.
- Najmanovich, D. (2019). Complejidades del saber. Noveduc.
- Rodríguez Ortiz, R. (2024). Filosofía orientada a la frontera. Gedisa.
- Rodríguez Ortiz, R. (2025). El resto del viaje. After the Storm.
- Diana María Quintero Jerez es investigadora doctoral en Filosofía de la Universidad Santo Tomás de Colombia. Su proyecto construye una epistemología fronteriza a partir del diálogo filosófico entre Gloria Anzaldúa, Manuel DeLanda, Denise Najmanovich y Donna Haraway. Actualmente realiza una estancia de investigación con la Dra. Roxana Rodríguez Ortiz en la UACM.
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