Por Eduardo Dian Calderón Hernández1

Presentación de tesis

El presente trabajo nace de una reflexión profunda: analizar cómo las normas hegemónicas desde la familia, la medicina y el derecho hasta las instituciones del Estado funcionan como auténticas prisiones materiales y simbólicas. Estas estructuras definen, controlan y, en muchas ocasiones, limitan nuestras posibilidades de ser, de transformarnos y de ser nombrados en nuestra plenitud. Mi objetivo central es proponer una Ética Trans: una forma distinta de mirar y comprender estos cuerpos, ya no como objetos de estudio o control, sino como espacios vivos, mutantes y capaces de crear sus propias reglas de existencia.

Este recorrido no hubiera sido posible sin el pensamiento de Paco Vidarte y Jacques Derrida, ni sin el diálogo crítico que la Dra. Roxana Rodríguez Ortiz construye entre sus obras. No habría podido profundizar en esta propuesta ética sin esa base, que me permitió conectar el cuidado de sí mismo con el cuidado de los otros, atravesado siempre por el afecto. Desde este marco, el trabajo que aquí presento es una apuesta por repensar nuestras relaciones: con nosotros mismos, con nuestro cuerpo y con los demás. Busco transitar de una lógica de norma y restricción, hacia una lógica de apertura, hospitalidad y libertad.

¿Por qué escribo esta tesis en primera persona?

Elegir hablar y escribir desde mi propia experiencia no fue una elección casual ni un detalle menor: fue una decisión teórica y política muy clara. Quiero resaltar algo fundamental: al principio, yo tampoco podía, ni sabía, ni me atrevía a escribir en primera persona. La academia nos enseña a hablar siempre desde la distancia, desde el impersonal “se dice” o “se hace”, como si el investigador no estuviera presente. Por eso, apropiarme de mi voz, soltar esa mirada ajena y hablar desde mí mismo fue el resultado de un trabajo constante, de mucha dedicación y de haber vencido barreras internas y externas que son, precisamente, parte de lo que vivimos quienes nos encontramos fuera de la norma.

Tradicionalmente, la filosofía y las ciencias sociales han hablado, teorizado y, en muchos casos, dictaminado sobre los cuerpos disidentes desde afuera, bajo una supuesta neutralidad que no es más que la mirada de quien está dentro de la norma. Una mirada que reduce estas realidades a casos médicos o problemas sociales: objetos que hay que clasificar, explicar, curar o incluso corregir; vistos como desviaciones de un modelo que se presenta ante nosotros como único, natural y verdadero.

Al escribir en primera persona, rompo con ese distanciamiento y esa mirada ajena. Conecto el análisis teórico con mi experiencia vivida, con lo que siento y con lo que pienso. Quiero dejarlo claro: mi experiencia no contradice el análisis; al contrario, lo hace más verdadero, más profundo y más completo. La teoría cobra vida al cruzarse con la realidad, y la realidad se comprende mejor cuando es iluminada por herramientas teóricas. Aquí no hay separación: soy yo quien piensa y escribe sobre sí mismo, y sobre cómo estas reglas configuran mi vida y la de quienes me rodean.

Asimismo, al utilizar el género masculino y referirme a mí mismo a lo largo del texto, lo hago no solo como una etiqueta o una palabra, sino como una posición, una vivencia y una forma específica de estar en el mundo. No busco universalizar mi experiencia ni representar a todos bajo una nueva norma hegemónica. Mi postura es todo lo contrario: hablo, analizo y reflexiono desde y sobre un cuerpo transmasculino, desde mi recorrido particular, con mis tiempos, mis procesos y mis decisiones. No hablo por nadie más, sino desde mí, para abrir caminos posibles para otros.

Esta perspectiva me lleva a plantear que mi postura frente a la identidad no es ni esencialista ni únicamente constructivista: es una deconstrucción de la identidad trans. Entiendo que lo que somos, como personas y como identidad, no es algo que nace ya hecho, definido o terminado desde el nacimiento; tampoco es una verdad escrita para siempre, inamovible. Al contrario, la identidad es algo que se va haciendo, deshaciendo y transformando permanentemente en la relación con el mundo, con las normas, con los otros y nosotros mismos. Nunca es algo fijo, cerrado o estático.

Escribo así para dar visibilidad, primero, a mi propio ser y a mi historia, pero también para abrir paso a otros seres disidentes, a otras realidades y a esos cuerpos diversos que también existen, que tienen sus propias formas de ser y sus propios ritmos, y que han sido históricamente ignorados, invisibilizados o reducidos a una sola etiqueta rígida que no alcanza a explicarlos

Escribo desde una mirada interna, desde quien habita esta realidad, para mostrar cómo las reglas, las leyes y las normas están presentes en nuestras vidas de forma concreta, material y simbólica: cómo afectan, condicionan y, a veces, determinan lo que nos pasa. Muestro cómo intervienen en aspectos esenciales: en cómo nos sentimos, cómo somos nombrados, qué documentos portamos, cómo nos relacionamos, qué derechos se nos otorgan o se nos quitan, y cómo vivimos nuestra propia transformación corporal y vital.j

Esta forma de escribir demuestra algo fundamental: el conocimiento sobre estos cuerpos y estas identidades también se construye habitándolos, sintiéndolos, transformándolos y viviéndolos en carne propia. No hace falta que otro nos estudie: nosotros podemos ser quienes piensan, analizan y escriben sobre lo que somos. Y, sobre todo, es un acto de resistencia: es devolver la palabra y la voz a quienes históricamente han sido silenciados, ignorados o tratados como si fueran menos humanos. Es afirmar que somos seres completos, capaces de pensar, decir y escribir nuestra propia verdad, nuestra propia teoría y nuestra propia vida.

¿Cuál es mi aporte a la filosofía contemporánea?

Este trabajo se construye sobre el pensamiento de autores fundamentales: retomo las reflexiones de Judith Butler, Paul B. Preciado, Jacques Derrida, Michel Foucault, Rodríguez Ortiz, Donna Haraway, Catherine Malabou, Paco Vidarte y Ramírez Alcolea. De todos ellos tomo conceptos, críticas y aperturas, pero no me limito a explicar sus teorías: las llevo un paso más allá. Las pongo en diálogo, las cruzo con mi experiencia y con la realidad de los cuerpos transmasculinos, y de ese encuentro surgen aportes concretos que buscan enriquecer y renovar la filosofía actual. Estos aportes se articulan en tres grandes ejes:

1. Amplío y complejizo el análisis de la norma y el poder

Aquí es central el pensamiento de Judith Butler, junto con las bases teóricas de Michel Foucault y, fundamentalmente, con la perspectiva crítica de Roxana Rodríguez Ortiz sobre cómo operan las clasificaciones, las fronteras y las definiciones que el poder impone a los cuerpos y a las identidades.

Butler nos enseña que el género no es algo que somos desde el nacimiento, ni una verdad oculta en nuestro interior, sino algo que se construye, se actúa y se repite a través del lenguaje, las normas y las prácticas sociales. Foucault, por su parte, nos ayuda a entender cómo las instituciones entre ellas la medicina, derecho, Estado crean verdades y saberes que nos definen y nos organizan. Rodríguez Ortiz profundiza en cómo estas categorías, que parecen neutras o naturales, son en realidad construcciones históricas y políticas que delimitan lo que es aceptable, lo que es visible y lo que tiene derecho a existir; muestra cómo esas fronteras conceptuales se convierten en límites reales que regulan nuestras vidas, nuestros cuerpos y nuestro acceso a derechos.

Partiendo de estas ideas, analizo cómo, a través del lenguaje, las clasificaciones, los diagnósticos, las leyes y las farmacologías, se ha ido construyendo históricamente lo que conocemos como transexualidad o transgénero. Una construcción que no es neutra, sino que siempre ha estado atravesada, vigilada y regulada por el control institucional.

Y aquí señalo un punto clave: aquello que nos permite existir, lo que nos da visibilidad y reconocimiento son los tratamientos hormonales, cirugías, documentos oficiales es, al mismo tiempo, lo que nos atrapa en una nueva forma de disciplina y vigilancia. Existe aquí una paradoja necesaria: necesitamos acceder a esos recursos para ser nombrados y reconocidos (tal como lo explica Butler sobre la necesidad del reconocimiento), pero al acceder, entramos en una lógica de controles, requisitos y normas que nos moldean y nos dicen cómo debemos ser para ser aceptados. Destaco cómo esas mismas clasificaciones que nos permiten aparecer, también nos encierran en una definición estricta, quitándonos la posibilidad de ser más amplios, diversos o diferentes a lo que la norma ha decidido que debemos ser. Muestro cómo esta red de poder actúa doblemente: nos hace ser, pero nos hace ser bajo sus reglas.

2. Integro tecnología, transformación y corporalidad: el cuerpo como “órgano mutante”

En este eje diálogo con Donna Haraway, Catherine Malabou, Paul B. Preciado y Paco Vidarte, tomando lo más potente de cada uno para explicar una realidad que otros análisis suelen ignorar o separar. Por un lado, Donna Haraway y su “Manifiesto Ciborg” rompen con la separación tradicional entre lo natural y lo artificial, entre cuerpo y tecnología, permitiéndome entender que en nuestra actualidad esas fronteras se han desdibujado: somos seres híbridos, donde lo biológico y lo tecnológico se mezclan y se constituyen mutuamente.

Llevo esta idea al terreno específico de la experiencia trans siguiendo a Paul B. Preciado y su análisis sobre la fármaco-pornografía, que muestra cómo las sustancias químicas y las tecnologías corporales no son elementos externos, sino verdaderas herramientas políticas que reconfiguran la identidad, el deseo y la vida misma. Aquí retomo también el pensamiento de Paco Vidarte, quien profundiza en la ética marica y la disidencia corporal, y nos enseña que los cuerpos trans, queer y disidentes son espacios de resistencia que cuestionan el binarismo y la organización social de los sexos.

A diferencia de estudios que se quedan solo en lo social o en lo jurídico, aquí conecto indisolublemente tecnología, biología, subjetividad y política. Analizo cómo el uso de fármacos, hormonas, intervenciones y transformaciones corporales no son simples cambios físicos o estéticos, ni tampoco son solo herramientas externas que utilizamos. Al contrario: son transformaciones profundas que tocan la identidad misma, que reconfiguran lo que somos, cómo nos sentimos y cómo nos pensamos. Muestro que en este proceso lo exterior y lo interior no están separados, sino que se influyen y se construyen mutuamente. No existe un antes y un después definitivo, sino un devenir constante.

Es aquí donde propongo entender el cuerpo bajo la noción de órgano mutante: concibo el cuerpo no como una cosa fija, terminada o con una esencia predeterminada, sino como una fuerza viva plástica en el sentido de Malabou, tecnológica como plantea Haraway, y en constante resistencia y creación, tal como lo describen Preciado y Paco Vidarte. Un cuerpo que no es un objeto, sino un proceso, una potencia que se abre a múltiples posibilidades y que se niega a caber en definiciones rígidas o esencialistas sobre lo que debe ser un cuerpo o un género.

3. El concepto de cuidado a partir de mi propuesta de Ética Trans

Este es el corazón de mi trabajo: una propuesta para pensar, sentir y vivir los cuerpos y las identidades más allá de las normas establecidas. Para construirla, me apoyo en las reflexiones de Jacques Derrida y Jean-Luc Nancy sobre el tacto, en el pensamiento de Paco Vidarte sobre la disidencia y el cuidado, y fundamentalmente en la forma en que la Dra. Roxana Rodríguez Ortiz ha puesto en relación estas ideas y autores. También retomo los conceptos de contrasexualidad y devenir desarrollados por Paul B. Preciado. Él aporta las herramientas, pero la propuesta, la organización y el sentido que aquí les doy es original y nace de mi propia reflexión y experiencia.

Esta propuesta se desglosa en cuatro ejes fundamentales:

  • Sobre la instrumentalización del cuerpo: Las instituciones suelen ver el cuerpo como algo que hay que arreglar, ajustar o clasificar. Yo muestro que el cuerpo no es una esencia fija ni una cosa, sino un devenir constante, capaz de inventarse a sí mismo. Aquí cobra importancia la contrasexualidad concepto de Preciado: la posibilidad de salir del único modelo aceptado y crear nuevas formas de sentir y habitar el cuerpo, que no se ajustan a lo que se supone que “debe ser”, sino que responden a lo que cada uno quiere ser.
  • Más allá de las identidades rígidas: Las categorías, las etiquetas y el enfoque interseccional son herramientas valiosas para visibilizarnos y defendernos. No obstante, cuando se vuelven fijas, cerradas o definitivas, crean nuevas exclusiones o encasillamientos. Mi propuesta invita a trascenderlas: entender la identidad como algo abierto, dinámico, fluido y en constante transformación, que no se reduce a papeles oficiales, diagnósticos médicos ni definiciones de laboratorio. Siguiendo la línea deconstructivista de Derrida y Vidarte, afirmo que ser trans no es llegar a una definición final, sino estar siempre en camino hacia nuevas posibilidades de estar fuera de lo hegemónico. No hablo solo de la idea abstracta de libertad, sino de actuar libertadoramente: son acciones con fuerza, movimiento y transformación real. Son esas resistencias cotidianas que surgen justo donde el poder intenta controlar: en el hogar, la consulta médica, el registro civil, la escuela, el trabajo, la vida diaria. Siguiendo a Foucault, muestro que donde hay poder, siempre hay resistencia, y que son estas acciones las que cambian la realidad y abren caminos para otros.
  • Reinvención del cuidado en la Ética Trans: Este es quizás el aporte más original y profundo que traigo a la discusión ética actual. Parto de las reflexiones de Derrida y Nancy sobre el tacto, y diálogo con la lectura que hace la Dra. Rodríguez Ortiz de estos autores y de Paco Vidarte sobre el cuidado, los afectos y la ética. Frente a la idea tradicional, donde el cuidado suele verse como una imposición médica, una norma sanitaria o una vigilancia externa que nos dicta qué hacer con nuestro cuerpo, yo propongo entender el cuidado de otra manera: como apertura, como hospitalidad, como afecto y como responsabilidad mutua, tanto interna como externa.
  • Filosofía del tacto: El cuidado deja de ser algo que se le hace a otro, para convertirse en un encuentro: porque al tocar, también somos tocados. Es una relación donde se crea significado, se construye vínculo y se reconoce la diferencia sin intentar borrarla ni normalizarla. Con esto, traigo la realidad trans al centro de la reflexión ética y filosófica, demostrando que desde estas experiencias podemos renovar la forma en que pensamos las relaciones humanas. Para cerrar este punto, aclaro mi posición teórica: reconozco en el feminismo, la teoría queer y los estudios sobre disidencias sexuales bases esenciales y grandes formas de rebeldía y pensamiento crítico. No obstante, mi mirada es específica y se diferencia de esas corrientes porque me centro explícitamente en la experiencia, la corporalidad y la política de los cuerpos transmasculinos: una realidad poco analizada, pocas veces visibilizada, y que aquí coloco como eje central de la reflexión filosófica y ética con una profundidad inédita.

Cierre

Esta tesis no es solo un estudio teórico ni una investigación académica: es una forma de afirmar, con toda la fuerza de la razón y de la experiencia, que aunque vivimos inevitablemente dentro de las normas, siempre tenemos la capacidad de desviarlas, de transformarlas y de hacer posibles otras realidades. La Ética Trans que aquí propongo es, en definitiva, una invitación a toda la sociedad: a dejar de ver los cuerpos trans como problemas sociales, como casos de estudio a normalizar en la normatividad o como desviaciones, y empezar a verlos y a vernos como espacios vitales donde nace una nueva forma de pensar, de relacionarse, de cuidarse y, sobre todo, de ser libres. Así que los invito a ver desde otras miradas otras formas de relacionarse con el mundo y con los cuerpos disidentes.

  1. Eduardo Dian Calderón Hernández presentó la tesis “Ética trans: una ontoligía queer ” el 25 de mayo de 2026 en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, Plantel del Valle. La tesis estuvo dirigida por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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