Por Imelda Silva Olvera1

En la UACM, enseñar filosofía no se parece a lo que uno imagina de una clase tradicional. No es una repetición de teorías cerradas ni un recorrido cronológico por autores y sus respuestas definitivas. Desde mi experiencia, la filosofía se presenta, más bien, como una práctica constante. No estamos solo memorizando corrientes de pensamiento; estamos aprendiendo cómo esas corrientes fluyen a través de nuestros propios procesos de pensar.

No solo trato de entender, sino que inevitablemente termino pensando en mí misma. Me doy cuenta de que el conocimiento no es algo que simplemente está ahí, sino que se construye, y que incluso yo participo en esta construcción, que cambia completamente con lo que estudio, aprendiendo no de certezas, sino de preguntas.

No se trata de obtener teorías, sino de profundizar: ¿de dónde sacamos nuestras ideas? ¿Qué hace que algo sea verdad? Los autores no son el destino, sino herramientas para cuestionar cómo sabemos las cosas, cómo el lenguaje y las conversaciones moldean nuestro mundo y cómo, entre todos, construimos eso que llamamos realidad.

La UACM busca formar profesionales comprometidos con la transformación social. Eso implica que la filosofía no pueda desvincularse de problemas concretos, como la desigualdad, la justicia, la pobreza, la identidad, entre otros problemas. Por eso, su enseñanza tiene un enfoque crítico: las teorías no se aceptan como verdades, sino que se ponen a prueba. El análisis se construye a partir de textos y discursos, pero siempre vinculados al contexto social y cultural de los estudiantes.

Así, la filosofía deja de ser un conjunto de sistemas antiguos y se vuelve forma de vida. Aprender a pensar significa cuestionar aquello de lo que estábamos seguros, profundizar y entender que lo que sabemos no son hechos neutrales, sino que están moldeados por nuestras perspectivas. No se trata de dominar categorías, sino abrir formas de existir para cuestionar lo que se da por normal. Y eso hace que la filosofía deje de ser algo distante y se convierta en algo que me cuestiona directamente a mí.

Por lo tanto, la UACM creo que tiene un modelo educativo enfocado en el estudiante. Eso significa que el aprendizaje implica participación activa, reflexión constante y compromiso con la lectura, la discusión, la interpretación y problematización. Las clases no solo se limitan al aula: se extiende a las asesorías, al diálogo informal, a los pasillos. Integra escuelas, autores, problemas filosóficos contemporáneos y análisis crítico de textos. Pero, más que ofrecer respuestas cerradas, busca generar preguntas que desestabilicen nuestras certezas. Pensar no es repetir categorías, sino cuestionar los límites de lo que se considera razonable, las condiciones de vida y las formas de exclusión.

Por eso, la filosofía aquí no trata de transmitir creencias; trata de desafiar las formas en que hablamos de las cosas, de cuestionar quién puede hablar, desde dónde lo hace y qué se considera verdad.

De esta manera, creo que en la UACM la filosofía no se enseña para que sepamos más, sino para que pensemos diferente. Y, en ese proceso, en lugar de encontrar respuestas definitivas, lo que voy encontrando es una forma de cuestionarme a mí misma y al mundo en el que vivo.

  1. Imelda Silva Olvera es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el curso de Estética durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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