Por Fernando Espinal Benítez1

Si el lenguaje del mundo es uno y este fuera vano, entonces no habría filosofía posible. Si todo lo que sabemos de la muerte lo supiéramos de la vida, entonces sabríamos cómo vivir. No sabemos el día de la muerte, pero al afirmar que todos los seres humanos son mortales, en tal expresión está contenida la resolución última del entendimiento humano y de nuestro futuro.

Quienes son seres sintientes ven a la muerte, en el momento del ocaso, como el final del caminar cotidiano y el inicio de lo cotidiano celestial. Frente a eso, sostengo que la única vida eterna es la de las palabras; así, tenemos a Homero o a Sófocles como contactos o presencias—casi inamovibles en la historia del tiempo. Han muerto a la vida física, pero han despertado a la vida cultural.

Muero y no habrá de mí un mañana o un pasado mañana; quedará lo prescrito, lo fijado en el tiempo cultural del mundo de la vida. En esa figuración socioeducativa habita la idea de no abandonar para siempre nuestra tierra. Pero la vida del pensamiento muere incluso en la muerte: esa imposibilidad entre el vivir o el morir está abiertamente determinada en la Calzada de los Poetas de Chapultepec. ¿Quién puede nombrarlos ahora mismo, de memoria? Solo los recordados viven; las poetas y los poetas olvidados han muerto también junto al cúmulo de sus escritos. Sin embargo, aún pueden resucitar: los poetas viven para siempre.

Frente a ese volver a la vida a través de la palabra, incluso de la palabra olvidada, se encuentra el filosofar; al menos, es lo que nos recuerda Slavoj Žižek: que el pasado es la afirmación vivencial de la humanidad, y su esfuerzo escrito —el registro— es el canal por el que se determina la posibilidad de pensar el presente. Antígona irrumpe en la vida de la filosofía cada vez que hay crisis; vuelve cuando vemos, a través de ella, la fuerza inmortal de quien debe y puede cuestionar la realidad para transformar el futuro, al menos para intentarlo.

  1. Fernando Espinal Benítez es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de problemas: “Antígona: ontología de la muerte” durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎


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