Alexis Bautista Piña1
Yo lo pienso así, y lo escribo como lo anoto en mis cuadernos: el género me sirve para entender a Derrida porque lo vivo como una estructura que se hace pasar por naturaleza.
Naces y ya está ahí. Hombre, mujer, hetero, homo. Un sistema de palabras, gestos, roles, castigos. Parece cerrado, parece que siempre fue así. Esa es su violencia más sutil: hacerte creer que no tiene historia. Pero yo sé, porque lo he sentido en el cuerpo, que esa estructura se sostiene a base de repetición. Tantas veces se dijo, tantas veces se actuó, que se sedimentó. Se volvió norma. Se volvió «lo normal».
Yo me pregunto: ¿cómo se constituye el género en mi conciencia como hombre? No como una esencia que traigo dentro, sino como un acto intencional que aprendí a repetir. Aquí me sirve lo que Derrida trabaja desde su lectura temprana de Husserl sobre la noesis y el noema. La noesis es el acto de dar sentido; el noema es lo dado como sentido. El género no me fue dado como cosa, me fue dado como noema a través de miles de noesis repetidas: cómo debo hablar, cómo debo sentarme, qué debo desear, qué debo callar. Yo mismo he participado en esa constitución sin darme cuenta.
Ahí está la trampa que Derrida ve desde el inicio: la estructura funciona porque olvida su génesis. El género funciona porque olvida que fue inventado. Se presenta como estructura sin origen, como si siempre hubiera estado ahí. Esa es la operación metafísica clásica que la deconstrucción quiere abrir.
Y por eso me importa la pregunta de la maestra sobre el paso del siglo XIX al XX. ¿Qué trae Husserl, qué recupera Heidegger, qué deconstruye Derrida? El siglo XIX nos heredó sistemas totalitarios, cerrados. El Espíritu Absoluto de Hegel es el ejemplo perfecto: todo encaja, todo se supera, todo tiene final. El género también quiere funcionar así, como un sistema absoluto donde todo encaja en dos polos. Husserl rompe con el psicologismo y vuelve a la experiencia; Heidegger recupera la pregunta por el ser y por la historicidad, y Derrida lleva eso más lejos: muestra que no hay estructura sin génesis, que todo sistema guarda una historia de exclusiones.
La différance es para mí esa herramienta. No es solo un diferir en el tiempo ni una diferenciación en el espacio, sino el movimiento por el cual el sentido nunca se cierra. El género quiere cerrarse en hombre/mujer, pero la différance lo abre: lo que no encaja, lo que se desplaza, lo que se vive entre. Como hombre, he sentido esa presión de tener que corresponder a un modelo que nunca termina de alcanzarse, siempre diferido.
Como dijo la maestra de las fronteras: una frontera no es una línea, transforma territorio, cultura, arte. El género es igual: no es una palabra, es una frontera que llevo puesta y que organiza todo mi territorio, mi cuerpo, mis vínculos.
Entonces, mi crítica es esta: si la filosofía en el cambio de siglo seguía atrapada entre la epistemología kantiana y el psicologismo, Derrida me da una salida concreta. Si el género tiene historia, si fue construido acto por acto, noesis por noesis, entonces se puede deshacer. No es destino, es sedimentación. Y lo sedimentado se puede mover.
- Alexis Bautista Piña es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de Autor: Derrida durante el semestre 2026 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎
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