LA REPRESENTACIÓN DE LA VOLUNTAD

Por Elías Arturo Serrano Chirinos1

Para empezar, analicemos la postura de Schopenhauer sobre la ética en la tragedia de Antígona. La ética en Schopenhauer parte de la tesis principal de que la moral no nace de la razón ni de un deber abstracto, sino de una experiencia inmediata de la voluntad y del sufrimiento del otro.

En su obra El mundo como voluntad y representación, Schopenhauer rompe con la tradición racionalista occidental. En su tesis sitúa que el centro de la realidad no es la razón, sino una fuerza irracional, ciega e infinita que él llama voluntad. De ese modo, la ética es una consecuencia de esa voluntad.

Schopenhauer sostiene que en el mundo hay dos dimensiones. La primera es la representación, es decir, el mundo tal y como aparece ante nosotros, ordenado por el sujeto, por el espacio, por el tiempo y por la causalidad. En segundo lugar, la voluntad es la realidad íntima del mundo que se expresa en todos los seres vivos.

No obstante, cabe señalar que la voluntad no debe entenderse como “querer” en el sentido psicológico; en cambio, es el impulso fundamental de existir, afirmarse, conservarse y perpetuarse. Esto supone entonces que la vida es una manifestación de esa voluntad, de modo que la vida del ser humano es una tensión constante entre el deseo, la carencia, la satisfacción momentánea y un nuevo deseo.

Hasta este momento, la filosofía de Schopenhauer es una postura pesimista, pero profunda, pues muestra la parte más natural y real del ser humano que nos cuesta aceptar: una existencia conformada por el sufrimiento, porque el sufrimiento implica desear, carecer y satisfacer.

Pues bien, satisfacer un deseo no elimina la falta de él, pues se abre a otros nuevos deseos. Dicho esto, cabe la cuestión: si la voluntad es egoísta, ¿cómo es posible la moralidad? Para Schopenhauer la ética es posible por medio de la compasión, y justamente eso podemos profundizar en la tragedia de Antígona.

La tragedia nos permite pensar uno de los pilares más profundos en la ética schopenhaueriana: la moral no nace de una estructura lógica, sino de una transformación del sujeto. La conciencia deja de absolutizar su individualidad y se abre al dolor del otro.

Desde esta perspectiva, Antígona puede leerse como una escena de fractura moral en la que se enfrentan dos modos de entender la acción humana. Creonte representa la racionalidad del orden político, la estabilidad de la polis, la obediencia a la ley positiva y la necesidad de conservar el cuerpo social.

Antígona, en cambio, se niega a dejar que la decisión del poder estatal tenga la última palabra sobre el destino de su hermano muerto. Su gesto consiste en afirmar que hay algo anterior y superior al decreto del gobernante: una obligación no escrita que no deriva de la utilidad ni de la conveniencia, sino de una relación con el otro que no puede ser neutralizada por el cálculo político.

No obstante, la moralidad aparece precisamente cuando la voluntad deja de afirmarse sin límites y se vuelve capaz de reconocer al otro como algo más que una extensión de sí misma. Para Schopenhauer, toda ética auténtica debe comenzar por negar el egoísmo.

La moral, por eso, es “contra natura”: no prolonga el movimiento espontáneo de la vida, sino que lo interrumpe, lo limita o incluso lo invierte. Esta tesis resulta crucial para comprender a Antígona.

Su acto no puede ser leído como una simple expresión de interés familiar o de fidelidad privada, porque en ese caso no habría tensión trágica, sino continuidad psicológica con lo dado. Lo propiamente moral aparece cuando Antígona acepta el costo de su decisión —incluso la muerte— sin reducir la dignidad de su hermano a una variable de cálculo.

En términos schopenhauerianos, lo que aquí se pone en juego es la suspensión del egoísmo por la vía de una identificación con el sufrimiento y la injusticia padecidos por otro. De este modo, Schopenhauer otorga a la compasión el fundamento único para originar una moralidad:

“La moralidad no niega la voluntad; pero sí pone límites a su afirmación individual, bien impidiendo que esa afirmación niegue la voluntad ajena (justicia), o bien llegando incluso a subordinar aquella a esta (caridad)”.

En la tragedia de Sófocles, Antígona no actúa desde una fría abstracción normativa; actúa porque no acepta la deshumanización del hermano muerto. Su decisión reabre el vínculo entre los vivos y los muertos, entre la comunidad y aquello que la ley quiere expulsar de su memoria. Desde Schopenhauer, esto podría entenderse como un gesto de compasión radical.

Antígona no busca su propio beneficio, ni la satisfacción de una fama futura, ni la ventaja de una victoria política; lo que la mueve es la imposibilidad de consentir que el otro sea abandonado a la humillación y al olvido.

En Los dos problemas fundamentales de la ética, sostiene que el hombre no se siente culpable por los motivos externos que lo determinan, sino por el carácter que se expresa en sus actos; operari sequitur esse.

La libertad moral no pertenece al campo fenoménico de las acciones, sino al carácter inteligible, es decir, a una dimensión más profunda que no se deja agotar por el comportamiento empírico.

Esta teoría permite entender que la tragedia de Antígona no se limita a una disputa jurídica: lo que está en juego es la revelación de un carácter.

Sin embargo, Creonte tampoco es pura maldad, ni Antígona pura santidad. Ambos encarnan bienes parciales que, al absolutizarse, se vuelven destructivos.

En conclusión, la ética de Schopenhauer ofrece una clave poderosa para releer Antígona: la verdadera moralidad no nace del deber formal, sino de la compasión que rompe la prisión del egoísmo y permite reconocer al otro como irreductible.

  1. Elías Arturo Serrano Chirinos es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de problemas: “Antígona: ontología de la muerte” durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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