Por Hugo Salvador Yolchicahuaxochitl Lira Almazán1
Hay una fuerza en hablar de lo que se sentipiensa que no sé cómo explicar, pero el Amor de mi vida me explicó algo que se le parece: saber escuchar y ofrecer una mano a quien lo necesite. En eso consiste la magia. Desde que comencé a participar y organizar cafés filosóficos -cuando era estudiante de bachillerato en el 2015-, me convencí de que existe algo mágico sucediendo donde sea que se esté filosofando y donde puedo reconocer algo similar a lo que Elías me enseñó: aprender a escuchar con más atención, pero ¿ofrecer una mano a quien lo necesita? ¿Qué significa?
En la sesión pasada, mientras discutíamos un texto de Derrida en el que dice encontrarse desnudo de frente a su gata, dos nodos importantes de mi trayectoria de vida resonaron, a saber: los espejos y la desnudez. Mientras desmenuzábamos a Derrida, mi mente no podía evitar resonar en ese punto de mi memoria: una tormenta eléctrica descargando su potencia una y otra vez en el mismo sitio.
¿Qué debía hacer? Podía hacer un intento menos patético de poker face y contener las ideas que el taladro eléctrico desataba o, por otro lado, hacerle caso a una intuición que no necesitó, más que susurrar una sola vez algo, para que los truenos volvieran a ser un fenómeno que disfruto admirar: no soy la única persona en este salón está experimentando una sacudida. No sé si la profesora sospechó lo mismo que yo, pero claro que notó algo muy en particular cuando el tema de la desnudez de los cuerpos se puso sobre la mesa.
Vivimos en un pretendido sistema-mundo que sabe y disfruta alimentarse de cuerpos rompiendo la relación que existe entre éstos consigo mismos y, en ese esquema, la desnudez es como una paradoja: una fibra hipersensible, pero profundamente herida. Lo más normal cuando algo nos duele es desear que el dolor se vaya, no siempre nos interesa en un primer momento qué nos duele y tampoco por qué, lo primero que deseamos es que ese dolor no exista en nuestra vida ni en los cuerpos que somos, y eso se tradujo en algo que Roxana señaló y que terminó de confirmar mi sospecha.
Cuando revisamos la referencia de Derrida a “Alicia en el país de las maravillas”, llegamos a la pregunta: “¿cómo se puede conversar con alguien que te responde siempre lo mismo?” Y, entonces, Roxana nos increpó: “Igual que ustedes. Llevo rato preguntando varias cosas y ustedes solo guardan silencio. ¿Por qué no desnudan lo que están pensando de verdad?”.
“Escucha y ofrece una mano a quien lo necesite”.
En una pregunta, en una frase, existe todo lo necesario para hacer Filosofía, no tenía duda, la pregunta era: ¿Tendría yo la fuerza suficiente para poner sobre la mesa algo tan íntimo y doloroso para mí, sin garantía de nada más que estar lanzando un mensaje encerrado en una botella al mar?
-¿Se han desnudado frente al espejo?- continuó la profesora.
Los truenos seguían viniendo porque las preguntas de Roxana y el silencio del grupo permanecían como el mejor intento de diálogo en ese momento. Veía el rostro reflexivo e impactado de cada persona que no podía evitar, al igual que yo, ser tan expresiva y deseaba tanto que alguien -que no fuera yo- tuviera la iniciativa. El tiempo pasaba, la oportunidad se alejaba y yo, admito con vergüenza, llegué a la mitad de la sesión por un retraso en la infraestructura vial de la colonia.
“En eso consiste la magia”.
Levanté la mano, respiré profundo y comencé a desnudarme:
-La última vez que intenté suicidarme fue la primera vez que hice el ejercicio de verme desnudo en el espejo para decirme qué es lo que observo. Las respuestas que me di me enfurecieron tanto… Terminé la narración cuando lo único que quedaba sin mencionar eran las respuestas frente al espejo y los motivos de mi enojo. El recuerdo de mi respuesta a mis propias respuestas casi me cierra la garganta. Necesitaba continuar de algún modo, sin tener que tocar esta parte más íntima y dolorosa que no estoy dispuesto a exponerla a cualquiera.
“No olvides respirar”.
-No me había podido mirar en los espejos sin toparme con muchas miradas que no eran la mías, pero en las fotografías sí: las fotografías fueron una especie de espejo en la que pude admirarme y aprender a amarme y, en relación de contraste, en el espejo lo que hago es desmenuzar los discursos que reconozco como ajenos y dañinos a mí.
¿Dolió? Sí. ¿Me arrepiento? No.
Quien me lee tendrá que disculpar lo tacaño que soy con los detalles de lo que aconteció después, pero sí puedo y deseo compartir lo siguiente:
Aunque no todas las personas presentes siguieron la corriente de lo que desató mi participación -cosa que no es menos válida y, pues, además, no es de mi incumbencia indagar sobre sus motivos; aún así, hubieron resonancias igual de fuertes con las trayectorias de vida de otras personas presentes, en particular respecto a una compañera. Ella misma lo dijo: no es alguien que hable mucho, yo mismo no recuerdo que haya tomado mucho la palabra hasta el momento, así que lo mucho de sí misma en su participación no solo me sorprendió, también me conmovió.
Mi compañera habló también sobre cómo nuestra desnudez está necesariamente incrustada en nuestra relación con nosotres mismes a partir de una historia personal suya. La potencia de su anécdota fue también un relámpago, pero de esos que retumban en el cielo y parten la noche; de esos que te hacen pensar que la magia existe. No tuve la fuerza en el momento para decirle que agradecí el valor que tuvo para compartirse de ese modo -yo estaba haciendo una labor titánica de contención mientras me esforzaba por asumir las consecuencias de la decisión que tomé- porque, aunque todavía no comprendo por qué, percibí el gesto de mi compañera como un abrazo a una herida de mi pasado que aún duele.
No sé cómo explicarlo, pero momentos como éste son los que me hacen confiar en esa extraña intuición mía: la Filosofía, así como la magia, pueden suceder si sabes aprender a escuchar. Me pregunto si de aquí podría desprenderse mi ensayo final para certificar el seminario de Bioética.
- Hugo Salvador Yolchicahuaxochitl Lira Almazán s estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el seminario de Bioética durante el semestre 2025 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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