Por Laura Viridiana Orosco Martínez*
Hembra humana animal, indígena, eso soy, soy Gaia fértil dadora de vida, la que hace surgir los retoños y frutos de la tierra, soy la muerte que extingue a todo ser vivo y no vivo, mis hijas son las estrellas y la luna.
Soy los años de despojo, soy la domesticación de la tierra violentada por el virus (los colonizadores), soy mis antepasadas, las que están y las que vienen.
Soy la animista que habita en los ríos, las montañas, el coral y las serpientes.
El virus mutó, capitalismo le llaman, descubrió la animista que habita en el animal-no animal, en lo vivo-no vivo, nos convirtió en su huésped, se expandió por medio de la explotación y control de nuestros cuerpos, disminuyó nuestra potencia, la comercializó como empezaron comercializando el oro, somos acumulación y ahora de lo mucho que éramos ha ido desaparecido, poco a poco, nos convertimos en desierto.
El virus está presente en todas las formas de vida y no vida, cada vez más amenazante.
Las humanas están atadas a eso que el virus les enseñó, el antropoceno, las despojó de los saberes que tenían acerca de mi, de la tierra, de sus cuerpos y prietud, de los animales, de leerse entre el copal y las estrellas, de la menstruación con los ciclos de la luna; han dejado de reconocerse entre nosotras.
Cada vez más distantes de su yo, son incapaces de experimentar sus afectos, deseos, tristeza, asombro y alegría, esto las ha llevado a ser regidas por sus pasiones las cuales las hacen padecer.
Impregnadas del pudor que les impuso la religión, los aparatos ideológicos del estado han dominado y regulando no sólo sus cuerpos sino también sus afectos, han adormecido la animalidad que en ellas habita.
La animalidad se ha deteriorando cada vez más por las normas sociales que las rigen, la racionalidad permite alienar su yo, así ¡se niegan!, afirman el yo que el virus les ha impuesto condicionadas a lo que él necesita, afirman la cultura que las ha hecho invisibles a lo largo del tiempo, padecen el mito de la belleza de la mujer blanca.
Se convierten en cuerpos autoinmunes, deteriorados por el virus que las habita, limitadas, reprimidas y explotadas por las pasiones que en ellas ha depositado.
Tendrían que reconocer su animalidad y asumir su desnudez no solo corporal sino de pensamiento, lo cual permitiría la posibilidad de lo imposible en la deconstrucción de desplazar al antropoceno.
Cuando caminan les susurro al oído, me hago presente en sus sueños intentando que me reconozcan, ser potencia de acción en su pensamiento, que despierte su animalidad y reconozcan su desnudez dando paso a la deconstrucción de su yo infectado por el virus.
Algunas han atendido el mensaje, son resistencia, resistencia al antropoceno, a la biologicidad, a las semillas estériles, a las estrategias de destrucción, aún progreso suicida, a la represión, al control, a los mega proyectos extractivistas, a los convencionalismos sociales, la colonización y dominación económica.
La resistencia es acción, ellas lo saben, están en un proceso de deconstrucción constante, regresar a su yo les ha permitido mirarse desde su animista, reconocer la potencia universal de su yo con el otro. Estos futuros cuerpos inmunes son más fuertes que el virus, es muy lenta su propagación ya que muchos cuerpos no pueden, no quieren o mueren en el intento de recuperarse.
Han dejado de ser ignorantes ante las causas que determinaban su creencia de libertad individualista, algunas hembras humanas animales aprendieron de su relación con el otro, con el animal no humano, con lo vivo no-vivo, a su prietud, a los ciclos de la tierra y el cuerpo.
Entre romero, caléndula, albahaca y copal maximizan su potencia, restablecen su animista juntos con sus afectos, son los saberes de las ancestras, es una y somos todas, todo en todas partes, somos colectividad.
En estos espacios me siento plena, son espectadoras ante mí, nos potencializamos a horas y deshoras, compartimos la desnudez y el espacio a veces sin saberlo. Somos en convivencia.
Estas hembras humanas animales, rugen, bailan, cantan, celebran, lograron escapar de la jaula que las vio crecer a causa del virus, ahora habitan una jaula construida por ellas, lo que eran barrotes, ahora son redes de colectividad, un espacio de enunciación, de resistencia, de redescubrir los afectos y gozarlos.
Soy Gaia, soy todas las que habitan y cuidan la creación, las que llevan en el vientre constelaciones y mundos, hábito la tierra y las hábito, soy el jaguar y el colibrí, soy la pululación y florecimiento de lo otro, sembrando la semilla renacieron, renací y renacemos entre todas con otras posibilidades. Yo soy su hospitalidad incondicional.
*Laura Viridiana Orosco Martínez es estudiante de la Licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas en la UACM-SLT. “La hembra humana animal: resistencia al antropoceno”, ensayo escrito para certificar el curso de Antropología Filosófica, impartido por Roxana Rodríguez Ortiz, semestre 2023-1.
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