Por Mariana Romero Fernández*

Retener palabras es poder. Pero compartir nuestras palabras con otros, honesta y
abiertamente también es poder.

Terry Tempest Williams

Mi hermana se va a morir a los cuarenta años. Mi mamá me decía ese tipo de cosas cuando la hacía sentir mal por pasar mucho tiempo con ella. Aunque es mentira que vaya a morirse tan joven, es verdad que está enferma y es muy probable que yo viva más tiempo. De cada 2500 niñas que nacen en el mundo, mi hermana es una de las afortunadas; de los 46 cromosomas que tiene el ser humano promedio, mi hermana tiene 45 y un cachito. Esa es información reciente, porque nunca estuve al tanto de eso.


Al menos cada semana mamá se levantaba muy temprano y empezaba a hacer ruido por toda la parte baja de la casa, a lavar cosas que quizá no era necesario lavar. En mañanas como esas era muy probable que si me escuchaba bajar se enjugara la cara para que no se notara que estuvo llorando. Yo sé a qué hora llora, pero no sé por qué. Lo que yo creo es que no le gusta ser responsable de tanto y no le gusta dejar de hacer las cosas que sí le gustan y tampoco le gusta que la vean llorar. También pienso que de tanto mantenerme alejada de la situación, de tanto querer cuidarme, recae todo sobre ella y por eso llora por dos.


Lo peor de que algo que marcó tu vida no esté relacionado directamente contigo es que no puedes quedar bien. Si te quejas porque tu hermana está enferma quedas como alguien que no aprecia la suerte de estar sana, como alguien cuyas desgracias ni siquiera son suyas o como alguien que usa, en el peor sentido, la historia de otra para explicar la suya. Con todo, es poco lo que se habla acerca del tema y lo que puede encontrarse raya en lo superficial. Nacer pequeña para ser grande es el título de la autobiografía más vendida al respecto y no es muy diferente en contenido con “Prisionera de mi cuerpo”, un capítulo de la serie dramática Lo que callamos las mujeres. Todo tiene que ver con superar la condición y aceptarse sin reflexionar al respecto, nada hay sobre cómo los mandatos sobre los cuerpos de las mujeres agravan esta situación.


Acabo de salir del recital anual de arpa del Conservatorio Nacional de Música. Era Glière o no sé qué interpreté, pero era extraño, corto, difícil y ruso. Me costó días y horas y horas de ensayos de mis apretados días de infancia. Seis horas dedicadas a la escuela normal, dos horas al trasporte y las siguientes seis horas a practicar el arpa. Mi mamá llegó atareada al concierto, ese día le habían robado el motor al carro, eso fue lo primero que me dijo cuando acabé de tocar. Luego me dijo que pude haberlo hecho mejor. Esto se repetirá a lo largo de la vida, con diferentes actividades.


Estamos sentadas en un círculo con padres, madres y sus hijas, que tienen lo
mismo que Laura. Es un edificio elegante, esta gente tiene dinero y aun así no
dejan de llorar. Laura no quería venir y yo tampoco, pero estoy reparando
haberme desentendido de ella por tanto tiempo y quise acompañarla. Lo que sé de Laura lo sé por las palabras de mamá, nunca por las suyas. La veo y no puede esconder el desagrado, no lo dice, pero se le nota en la cara, es de familia. Las mamás se lamentan porque sus hijas nunca van a poder ser normales. Las chicas se sienten mal porque todas sus amigas han menstruado y se han desarrollado, ellas por el contrario serán niñas eternas. Sus mamás y ellas sufren porque nunca van a tener novio, ni las van a querer, ni van a tener bebés, ni van a saber lo que es ser mujer.


Apenas llevaba unos pocos días en el mundo y el pediatra ya había dicho que
Laura no iba a caminar, ni a hablar y que sería retrasada mental [1] . El neonatólogo fue el primero en darse cuenta cuando miró sus pies extremadamente hinchados de bebé recién nacida. Para confirmar sus sospechas ordenó un cariotipo [2] , lo más seguro es que se tratara de síndrome de Turner. Nuestra mamá lloró quince días y se repuso lo suficientemente rápido para que nadie lo notara, a partir de ahí solo se quejó en silencio. Creyó que no serías capaz de hacer cosas por ti misma,
pensó que ibas a ser una carga para mí. A mí solo me contaron cuando hacía falta comprender ese trato especial que le daban. Papá ni se inmutó. El lenguaje de nuestra familia son los silencios.


[1] Término peyorativo para denominar a la discapacidad cognitiva
[2] Análisis de los cromosomas de los glóbulos blancos de la sangre.


Mariana romero Fernández es estudiante de la Licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas de la UACM. “Hablar el silencio” fue escrito durante el Taller de Tesis (2022-2) y a partir de la metodología de escritura Filosofía Ficcional desarrollada por Roxana Rodríguez Ortiz.


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Una respuesta

  1. Avatar de Patricio Aguilar
    Patricio Aguilar

    Los escritores de hoy se protegen demasiado con las palabras, eso los convierte en personajes distantes y constantemente torpes. Decía una maestra de literatura, “Lo primero y más es ser honesto ante el papel”, este texto es evidencia de ello, imposible no emocionarte y conectar ante las palabras de Mariana, que con una brillante forma de comunicar nos regala una escritura brillante que muchos docentes y escritores envidiarían. ¡Enhorabuena!

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