Por Alexis Bautista Piña1
Los conceptos se comprenden mejor cuando se encarnan en ejemplos. Muchas veces leemos definiciones que parecen abstractas, lejanas, casi inalcanzables, hasta que algo en nuestra experiencia cotidiana las ilumina. No solemos detenernos a pensar en la estética mientras caminamos hacia la universidad, al trabajo o hacia cualquier destino que nos impone la rutina. Por lo general, caminamos pensando en llegar puntuales, en que no se nos haga tarde, en no olvidar algo importante. Nuestra mente está ocupada en la prisa. No apreciamos lo que nos rodea, ni mucho menos pensamos en la posibilidad de que algo inesperado pueda ocurrir durante el trayecto. A veces vamos escuchando música, aislados en nuestros propios pensamientos, y en un abrir y cerrar de ojos suceden acontecimientos que transforman la vida para siempre.
Durante las sesiones de estética hablamos de aquello que llama la atención y que, en principio, no imaginaríamos dentro de la categoría estética de lo sublime. El 10 de septiembre de 2026 fue una fecha que marcó profundamente mi vida. El accidente de la explosión de la pipa de gas en el puente de la Concordia dejó huella en muchas personas, incluyéndome. Fueron momentos difíciles que no le deseo a nadie: la desesperación de no encontrar a nuestros seres queridos, estar con ellos durante el transcurso de la hospitalización y el ver como pierden esa dura batalla, es complicado.
Al momento, nadie piensa que un incidente así pueda formar parte de categorías estéticas. No lo pensamos como “bello” ni como “sublime”. Sin embargo, a partir de la lectura de la Crítica del juicio de Immanuel Kant, mi panorama se ha ampliado. Kant habla del juicio estético como una experiencia que no depende de la utilidad ni de la obligación, sino de un sentimiento que nace libremente en nosotros. Desde esa perspectiva, el acompañar y estar con la familia durante lo ocurrido puede comprenderse también como algo estético: no se hace por imposición, sino porque nace del interior, porque produce una suerte de satisfacción moral y afectiva el saber que estuvimos ahí, que acompañamos hasta donde fue posible. Ese “estar” contiene una dimensión que supera lo práctico; es una expresión de humanidad.
Otra categoría que trabajamos es la de lo sublime, particularmente lo sublime terrorífico. Kant lo vincula con fenómenos naturales de gran magnitud: temblores, tsunamis y otros eventos que suelen llamarse “desastres naturales”. Personalmente, no me gusta llamarlos desastres; los percibo más bien como respuestas de la naturaleza a la manera en que hemos interactuado con ella. Son sublimes porque revelan una fuerza descomunal, una majestuosidad que nos sobrepasa y nos confronta con nuestra fragilidad. Aunque la explosión de la pipa de gas no fue un fenómeno natural en sentido estricto, sí tuvo una magnitud que desbordó lo cotidiano. En ese sentido, puede pensarse desde la categoría de lo sublime: algo que causa temor, dolor y asombro a la vez, que nos enfrenta a los límites de nuestro control y nos obliga a reflexionar.
Kant centra su análisis principalmente en la belleza natural, pero también distingue lo bello artístico. Esto me lleva a preguntarme: ¿es lo bello natural superior a lo artístico? Yo diría que no; ambos están en el mismo nivel. La diferencia radica en que en la naturaleza desconocemos a su creador, mientras que en el arte sí identificamos a quien produce la obra. Aquí entra el juicio del gusto: cada persona determina, desde su propia sensibilidad, aquello que considera bello. Lo bello no se impone como una fórmula matemática; se experimenta.
Al principio, la tragedia no la veía como parte de la estética. Me parecía incompatible
asociar el dolor con categorías como lo bello o lo sublime. Sin embargo, a través de las explicaciones y lecturas, he logrado comprender que la estética no se limita a lo agradable. También abarca aquello que nos sacude, que nos confronta y que transforma nuestra manera de ver el mundo. Los conceptos de la Crítica del Juicio han dejado de ser meras definiciones para convertirse en herramientas que me permiten interpretar los sucesos vividos desde una perspectiva más amplia y reflexiva.
Así, lo cotidiano y lo trágico, lo natural y lo humano, lo bello y lo sublime, se entrelazan en la experiencia. La estética deja de ser un tema exclusivo del arte o de la contemplación distante, y se convierte en una forma de comprender la vida misma, incluso en sus momentos más dolorosos.
- Alexis Bautista Piña es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el curso de Estética durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎
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