Por Esmeralda Verenice Peña Garcés1

En Antígona, la prohibición de sepultar a Polinices puede verse como un gesto de negación de la hospitalidad que, al intentar proteger a la polis, la conduce a un proceso de autoinmunidad; es decir, a su propia destrucción. ¿Puede la ley de Creonte ser un mecanismo de autoinmunidad política? La respuesta se advierte en el siguiente discurso pronunciado por Creonte:

[…] Y al que tiene en mayor estima a un amigo que a su propia patria no lo considero digno de nada. […] a su hermano —me refiero a Polinices— […] ningunoletribute los honores postreros con un enterramiento, nile llore. Que se le deje sin sepulturay que su cuerpo sea pasto de las aves de rapiñay de los perros […] Tal es mi propósito, y nuncapor mi parte los malvados estarán por delante de los justos en lo que a honra se refiere.

(Sófocles, 2014, pp. 66 – 68)

En este discurso, Creonte deja claras tres cosas: la ciudad se define por la exclusión de lo afectivo, negar sepultura equivale a negar la hospitalidad y, al purificar la ciudad del “malvado”, la ley comienza a destruirla. Pero ¿qué significan las categorías de inmunidad y hospitalidad dentro de Antígona?

Derrida señala que “un proceso autoinmune, como se sabe, es ese extraño comportamiento del ser vivo que, de manera casi suicida, se aplica a destruir «él mismo» sus propias protecciones, a inmunizarse contra su «propia» inmunidad.” (Derrida, 2004, p. 142). La autoinmunidad es, según Derrida, una paradoja vital y política que ocurre cuando un cuerpo social se ataca a sí mismo intentando protegerse. En lugar de expulsar la violencia hacia fuera, la vuelve contra sí misma.

En Antígona, Creonte cree que, si castiga al traidor, protege a la ciudad y asegura el orden de la polis. Sin embargo, convierte el entierro en delito, provoca desobediencia y produce muerte en su propia casa. La defensa de la ley se vuelve contra sí misma: lo que crea para defender la ciudad termina destruyendo lo que la constituye como comunidad.

Por otro lado, la hospitalidad no aparece como acogida del extranjero vivo, sino como acogida del muerto excluido. La sepultura simboliza la posibilidad de darle un lugar a quien ha sido declarado como enemigo. No obstante, toda hospitalidad se encuentra atravesada por una contradicción: recibir implica decidir quién entra y quién queda fuera. Derrida (2008) lo determina como aporía: una atención que no se puede resolver, pero nos obliga a pensar. Entre la ley incondicional y las leyes concretas se abre un espacio ético: la ley ideal que nos guía, pero no puede realizarse plenamente,y unas leyes que son necesarias, pero traicionan ese ideal. En esta tensión se manifiesta nuestra responsabilidad como seres éticos.

La Antígona, como menciona Derrida (2008), muestra la hospitalidad ofrecida al hermano muerto, desobedeciendo las leyes de la ciudad, revelando una hospitalidad verdadera: aquella que implica riesgo, ruptura y elección del otro sin ninguna condición. La hospitalidad verdadera, radical y absoluta, tiene que ver con lo que nos rodea y con lo que nos atraviesa. No es un punto medio, sino una atención imposible de resolver.

En Antígona, la ley de Creonte solo establece un orden político, sino que revela su propia fragilidad. Al ser negada la hospitalidad al enemigo, no protege la polis, sino que la conduce a un proceso de autoinmunidad: al excluir al otro, la ciudad termina destruyéndose por dentro. El gesto de Antígona revela cómo la comunidad se enfrenta a acoger a quien ha sido declarado como indigno. Así, la tragedia expone, como sugiere Derrida, que no hay justicia sin riesgo ni hospitalidad ni desobediencia.

REFERENCIAS

Derrida. J, & Dufourmantelle, A. (2008). La hospitalidad (M. Segoviano, Trad.) Buenos Aires: Ediciones de la Flor. (Obra original publicada en 1997)

Derrida, J. (2004). La filosofía en una época de terror: Diálogos con Jürgen Habermas y Jacques Derrida (L. Lecuona, Trad.). Taurus.

Sófocles. (2014). Antígona (Prólogo de M. R. Lida; Traducción de A. Alamillo). Barcelona: Gredos.

  1. Esmeralda Verenice Peña Garcés es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de problemas: “Antígona: ontología de la muerte” durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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