Por Rebeca Arroyo Tacuba1

Cuando empecé a leer el primer capítulo de Antígona, de George Steiner, sentí que el texto me estaba exigiendo más de lo que yo me esperaba. No es solo una lectura que te lleve de la mano, al contrario, parece lanzarte de inmediato a un “tejido” histórico lleno de nombres, fechas, referencias y debates intelectuales. Por momentos se siente abrumador, casi como si uno tuviera que sostener simultáneamente varias enciclopedias al mismo tiempo.

No es una lectura ligera, exige atención constante. Sin embargo, esa misma complejidad es lo que permite que Steiner desmenuce con enorme precisión lo que identifica como la época “dorada” en la que Antígona adquirió una centralidad excepcional en la modernidad europea. Por eso ese despliegue histórico permite ver que la tragedia de Sófocles no solo fue admirada en aquel momento, sino también ha servido para ser utilizada como un espacio para pensar problemas fundamentales (relación entre individuo y Estado, conciencia y ley, privado y público).

Personalmente, lo que me pareció interesante es la vigencia, pues no pertenece únicamente al pasado. A pesar de los siglos transcurridos, Antígona sigue adaptándose a nuestros contextos. Cada época parece encontrar en ella una nueva forma de conflicto. La tragedia no se mantiene intacta; se interpreta, se traduce, se transforma, pero el núcleo del conflicto permanece. Incluso en experiencias contemporáneas (como los procesos judiciales donde la ley parece reducir situaciones profundamente humanas a procedimientos formales), el dilema de Antígona adquiere una resonancia inquietante.

El acercamiento a estos textos, a pesar de que es solo el inicio del semestre, me ha permitido hacer relación con un tema más personal. Durante mi proceso en los juzgados y la fiscalía, en torno a una pensión alimenticia, pude reconocer algo de este conflicto: la ley opera bajo procedimientos, tiempos y formalidades. Tiene su propia racionalidad, pero vivir así no es solamente cumplir con requisitos legales, es atravesar emociones, vínculos rotos, expectativas frustradas y preguntas éticas (y otras tantas no) que no caben del todo en un expediente.

En el momento en que recapitulo lo que he vivido, lo relaciono con el tema principal de este seminario. Antígona deja de ser literatura, se vuelve experiencia. No porque me identifique con ella, ni porque la ley sea simplemente “Creonte”. Sería demasiado fácil reducirlo a una oposición. Veo a Antígona como aquella figura que habita una fractura, ese punto donde la ley es legítima, pero no es suficiente. Donde la justicia jurídica no coincide plenamente con la justicia sentida. Y tal vez eso es lo más incómodo y lo más vigente de la tragedia.

La tragedia de Sófocles no promete que todo conflicto pueda resolverse armoniosamente. La pregunta que queda resonando en mi cabeza es ¿qué hacemos cuando lo que sentimos como justo no coincide completamente con lo que la ley puede reconocer?Porque al final, Antígona no trata sobre desobedecer, sino sobre lo que duele cuando obedecer no alcanza.

  1. Rebeca Arroyo Tacuba es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el Seminario de problemas: “Antígona: ontología de la muerte” durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎


Descubre más de Ecología del afecto

Suscríbete para recibir las últimas entradas en tu correo electrónico.

Descubre más de Ecología del afecto

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo