Por Flavio César Mendieta Martínez1

Pensar lo bello desde Kant me llevó a una imagen sencilla pero recurrente: una planta que brota en la banqueta. No una planta cultivada en maceta, no una flor protegida por un jardín, sino esa que aparece donde aparentemente no debería haber vida. Ahí, entre el concreto, sin permiso, sin estar prediseñada, sin un objetivo previo que la justifique. Es precisamente  en esa irrupción que encuentro algo que dialoga con la idea de lo bello como aquello que surge sin necesidad de ser explicado.

Podemos entender, claro, por qué nace ahí. Podemos hablar de semillas arrastradas por el viento, de grietas microscópicas, de humedad retenida en el suelo. Pero esa explicación no pertenece a la belleza que emana ese retrato. Lo que me interesa no es la causalidad, sino la experiencia. La impresión inmediata de ver vida emergiendo del suelo. Hay algo en ese gesto silencioso que produce agrado antes de cualquier razonamiento. La planta no argumenta, no demuestra, no pretende. Simplemente aparece.

Esa aparición puede sentirse como resistencia. No una resistencia consciente, no un acto deliberado, sino una persistencia que ocurre. La planta crece porque crece. Sin embargo, en su crecimiento hay una fuerza que reta nuestra concepción del orden. Llamamos “malas hierbas” a ciertas formas de vida, como si el problema fuera su existencia y no nuestra expectativa del mundo ordenado para nosotros. ¿Qué significa que algo sea “malo” por crecer donde puede? ¿No es esa misma lógica la que estructura muchas de nuestras propias prácticas como sociedadq?

La planta en la banqueta parece invertir la pregunta: ¿quién invade a quién? Nosotros cubrimos la tierra con concreto, trazamos límites, diseñamos superficies estables. La planta, en cambio, rompe esa estabilidad sin violencia visible. No destruye, fisura. No impone, insiste. En ese sentido, su presencia adquiere un matiz político, no porque haya intención, sino porque altera una disposición del espacio que creíamos definitiva.

Esta idea de resistencia sin acto de resistencia abre otra posibilidad: pensar el conocimiento. Apropiarse del saber puede entenderse de modo similar. No necesariamente como un proyecto utilitario o moral, sino como un impulso que empuja, que atraviesa capas, que busca abrirse paso. Así como la planta rompe el suelo, el pensamiento rompe con lo establecido. Hay algo estético en ese movimiento, en ese gesto que no requiere justificar su fin más allá de sí mismo.

No se trata de afirmar que el conocimiento carezca de finalidad, sino de reconocer que en su ejercicio, puede vivirse como un placer desinteresado. Comprender, dilucidar, explorar ideas produce una forma de agrado que no siempre se reduce a la utilidad. Pensar puede ser valioso incluso antes de saber para qué sirve. En ese sentido, el acto de conocer se aproxima a la experiencia de lo bello: algo que place sin necesidad de un concepto que lo determine por completo.

La planta en la banqueta, entonces, deja de ser un detalle trivial. Se convierte en una escena donde lo estético, lo político y lo vital se entrecruzan. No porque la planta “quiera decir algo”, sino porque su simple presencia nos obliga a pensar. Y quizá ahí radica lo más sugerente: lo bello no como objeto definido, sino como acontecimiento que irrumpe, que agrada, y que abre preguntas antes que respuestas.

  1. Flavio César Mendieta Martínez es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el curso de Estética durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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