Por Dariana Ivonne Lizardi Godínez1

Siempre he pensado la periferia no como distancia del centro, sino como intensidad no domesticada. La periferia no es lo que sobra; es lo que aún no ha sido capturado por el concepto. Es el borde donde algo nos afecta antes de que sepamos nombrarlo. En la Crítica del juicio, se habla de un “libre juego” entre imaginación y entendimiento (Kant, 1790/2007, §9). Me interesa pensar que ese juego ocurre precisamente en la periferia. No en la claridad de la ley ni en la seguridad del conocimiento científico, sino en esa zona incierta donde la experiencia todavía no ha sido administrada.

La periferia tiene color. Pero no el color como dato cromático neutral, sino como irrupción. Es rojo que no es simplemente rojo, sino ardor; verde que no es esperanza, sino humedad acumulada; azul que no es cielo, sino distancia que pesa. Allí opera lo que se ha llamado “finalidad sin fin” (§10): algo parece ajustarse a nosotros sin que podamos decir para qué. Sin embargo, la periferia urbana me obliga a pensar algo más.

En el caos de sus avenidas, los colores no son inocentes. Morado, azul, rojo, verde, naranja: los tonos vívidos de los RTP recorren la ciudad como promesa de movilidad pública. Se presentan como accesibles, como parte de lo común. El color grita inclusión. El color promete orden en el desorden. Pero el juicio estético no es ingenuo. Si algo parece hecho para todos, cabe preguntar: ¿para todos quiénes?

El adjetivo “público” vibra como universalidad. Y sabemos que el juicio de gusto, aunque subjetivo, reclama validez universal (§8). Pero en la ciudad, lo público se vuelve cifra económica. El transporte es accesible, sí, siempre que pueda pagarse. El color no elimina la tarifa. La promesa cromática no disuelve la desigualdad estructural. La periferia, entonces, no es solo un espacio estético; es una realidad política. El color puede armonizar la vista, pero no necesariamente la vida. El diseño puede organizar el caos visual, pero no redistribuye la precariedad. Se nos ofrece una forma que parece orden, y sin embargo la finalidad es concreta: circulación regulada, flujo administrado, cuerpos trasladados.

Aquí la estética toca la política. Se ha dicho que el placer estético es desinteresado (§2). Pero el orden urbano no lo es. Los colores del transporte no están allí solo para ser contemplados; están inscritos en una lógica económica. La armonía visible no cancela la asimetría material. Y, sin embargo, algo ocurre. En medio del ruido, los colores producen una cierta sensación de estructura. Parecen domesticar el caos. Nos hacen creer que dentro del desorden hay una forma compartida. Ese efecto no es menor. La experiencia estética también organiza la percepción del espacio político.

La periferia huele a combustible y a metal caliente. Sabe a jornada larga y a salario contado. Allí el juicio no es pura contemplación; es supervivencia. Y aun así, incluso allí, se experimenta algo parecido a lo sublime: la magnitud de la ciudad excede cualquier intento de abarcarla. La imaginación falla. El sujeto se siente pequeño frente al horizonte de concreto. Pero no desaparece. La periferia revela la tensión entre apariencia y estructura. Entre forma y condición. Entre color y costo. Los colores pueden suavizar la experiencia del trayecto, pero no disuelven la pregunta: ¿quién define lo público? ¿Quién decide qué es accesible? ¿Quién queda fuera de esa armonía aparente?

Si el juicio estético es el puente entre naturaleza y libertad, entonces la periferia nos recuerda que ese puente también es político. La forma no es neutral. El orden visible nunca es inocente. Y sin embargo, el borde sigue siendo el lugar donde algo comienza. Los colores de la periferia no buscan explicación. No piden permiso. No se dejan domesticar por la definición. Allí donde el concepto todavía no alcanza, algo ya nos ha tocado. Allí donde la ley no ha hablado, el mundo ya nos ha afectado. Allí donde la razón quiere ordenar, la sensibilidad ya ha decidido.

En el borde no hay garantías. No hay demostración. No hay seguridad. Hay vibración. Y esa vibración no es debilidad del pensamiento; es su origen. No es confusión previa al orden; es la condición de todo sentido posible. Porque antes de conocer, sentimos. Antes de afirmar moralmente, nos dejamos afectar. Antes de definir el mundo, el mundo nos hiere con color, con olor, con sabor.

Y comienza el juicio. Ahí comienza la experiencia. Ahí, en el borde, comienza lo humano.

Referencias

Kant, I. (2007). Crítica del Juicio (J. J. García Norro& R. Rovira, Eds.). Editorial Tecnos. (Obra original publicada en 1790).

  1. Dariana Ivonne Lizardi Godínezes estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el curso de Estética  durante el semestre 2026-1 impartido por Roxana Rodríguez Ortiz.  ↩︎

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