Por Mariana Jiménez Ortega1

En la actualidad, el ser humano vive inmerso en una era donde la tecnología no solo acompaña su existencia, sino que la redefine en sus múltiples dimensiones. La filósofa mexicana Roxana Rodríguez Ortiz propone el concepto de ontología sintética como una manera de comprender las fases del ser en el contexto del tecnocapitalismo contemporáneo. Este enfoque resulta esencial para pensar nuestra propia condición como sujetos insertos en un entramado digital que condiciona la identidad, la productividad y la corporalidad. Desde mi perspectiva como estudiante universitaria, me parece fundamental analizar cómo esta propuesta filosófica dialoga con nuestra experiencia cotidiana, marcada por la virtualidad, la inteligencia artificial y la biotecnología.

Rodríguez Ortiz define la ontología sintética como “la yuxtaposición atemporal de diferentes alcances del ser en distintos momentos y del uso de la tecnología en la historia de la humanidad” (Rodríguez Ortiz, 2023, p. 2). Esta idea sugiere que el ser no evoluciona de manera lineal, sino que coexisten distintas fases ontológicas simultáneamente. La autora denomina estas etapas mecanólogo, technólogo y organólogo, que representan tres modos de existencia del ser en relación con la máquina, el pensamiento tecnológico y la biología sintética, respectivamente. Como estudiante, encuentro en esta estructura una forma útil de leer la sociedad actual, donde convivimos entre la mecanización laboral, la digitalización del pensamiento y la manipulación del cuerpo a nivel genético.

La primera etapa, el ser mecanólogo, está vinculada a la relación entre el ser humano y la máquina. Rodríguez Ortiz recupera a Marx para explicar que “la finalidad de la maquinaria es reducir el valor de la mercancía, ergo su precio” (p. 11). En esta fase, la tecnología aparece como una extensión del capital y del trabajo, lo que genera nuevas formas de explotación. Como joven universitaria que observa el mercado laboral contemporáneo, no puedo dejar de pensar en cómo los algoritmos, los robots o la inteligencia artificial amenazan ciertos empleos, al mismo tiempo que crean otros. El problema no radica solo en la automatización, sino en que “la avidez insaciable de trabajo ajeno” (p. 12) continúa siendo el motor del capitalismo, ahora disfrazado de eficiencia tecnológica.

El segundo momento, el ser technólogo, se centra en el pensamiento, el lenguaje y la creación de inteligencias artificiales. La autora sostiene que esta fase “se vincula con el pensamiento, el lenguaje y su prototipo es la inteligencia artificial” (p. 9). En esta etapa, el ser humano transfiere su racionalidad a sistemas informáticos capaces de aprender, decidir y producir conocimiento. Aquí surgen tensiones entre lo natural y lo artificial, lo humano y lo posthumano. Donna Haraway, citada por Rodríguez Ortiz, afirma que “la política de los ciborgs es la lucha por el lenguaje y en contra de la comunicación perfecta” (p. 12). Esta afirmación me interpela profundamente, pues en la universidad convivimos con plataformas que miden la productividad académica a través de métricas digitales, donde incluso el pensamiento parece traducirse en datos. Me pregunto si al depender tanto de los algoritmos para estudiar o investigar, no estamos cediendo parte de nuestra autonomía cognitiva.

La última fase, el ser organólogo, se refiere al cuerpo y a las nuevas formas de vida que emergen del cruce entre biología y tecnología. Rodríguez Ortiz señala que este ser “hace referencia al organismo, a la simbiosis, su prototipo es el clon, el diseño genético” (p. 9). En esta etapa, la vida se convierte en materia manipulable. Las investigaciones en clonación o edición genética (como CRISPR) plantean dilemas éticos sobre los límites del ser humano. La autora pregunta: “¿quién tendrá los derechos de la patente y el control de los organismos?” (p. 14). Esta cuestión es crucial, pues la biotecnología no solo transforma la salud, sino también el concepto de identidad y propiedad del cuerpo. Desde mi posición estudiantil, me parece inquietante imaginar un futuro donde la vida sea objeto de mercado. ¿Podremos mantener una noción de humanidad cuando nuestros cuerpos sean rediseñados por intereses económicos?

A lo largo de su ensayo, Rodríguez Ortiz insiste en que las tres etapas no se sustituyen, sino que “se complementan, se yuxtaponen” (p. 14). En ese sentido, la ontología sintética no busca determinar una esencia fija del ser, sino mostrar su carácter plural y cambiante. Esta visión me resulta valiosa porque reconoce la complejidad de nuestra existencia contemporánea: somos a la vez usuarios de tecnología, productores de datos y cuerpos biológicos vulnerables. Como estudiante, percibo esta multiplicidad en la vida cotidiana universitaria: asistimos a clases virtuales, generamos conocimiento en red, y nos enfrentamos a un mundo donde el aprendizaje mismo se ha tecnologizado.

Sin embargo, Rodríguez Ortiz también advierte que el acontecimiento tecnológico debe pensarse desde la ética y la estética del ser. Citando a Paul Virilio, recuerda que el tecnocapitalismo actual busca “la ubicuidad, la instantaneidad y la inmediatez; la visión total y el poder total” (p. 15). Esta frase resume la paradoja contemporánea: la tecnología promete libertad, pero muchas veces nos somete a nuevos mecanismos de control. Desde mi perspectiva, la ontología sintética ofrece una vía para resistir ese determinismo tecnológico, al invitarnos a pensar el ser como acontecimiento, como algo que se construye y deconstruye continuamente.

En conclusión, la ontología sintética de Rodríguez Ortiz nos permite comprender cómo el ser se redefine en la era del tecnocapitalismo a través de la máquina, el lenguaje y la biología. Su propuesta no solo es filosófica, sino también política y ética, pues nos obliga a repensar nuestra relación con la tecnología desde la responsabilidad y la conciencia crítica. Como estudiante universitaria, considero que esta reflexión es urgente: vivimos en una época donde aprender, crear y existir implican habitar un espacio híbrido entre lo humano y lo artificial. Tal vez, como sugiere Heidegger, solo en el pensamiento y el arte en la techné podamos “desocultar” nuevamente el sentido del ser. Y quizás ese sea el desafío de nuestra generación: recuperar la capacidad de pensar en medio del ruido algorítmico, sin olvidar que la filosofía sigue siendo, ante todo, una forma de resistencia.

Referencia

Rodríguez Ortiz, R. (2023). Ontología sintética: etapas polifásicas del ser tecnocapitalista. Desde el Sur, 15(2), e0024.

  1. Mariana Jiménez Ortega es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el seminario de Bioética durante el semestre 2025 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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