Por Mariana Jiménez Ortega1
La lectura de Jacques Derrida en El animal que luego estoy si(gui)endo me invita a pensar la experiencia de la desnudez más allá de su dimensión física o estética, situándola en el terreno de lo ontológico y lo ético. La desnudez, entendida como exposición radical revela la vulnerabilidad del ser humano frente a sí mismo y frente al otro. Derrida inicia su reflexión desde una escena aparentemente trivial: “A menudo me pregunto, para ver, quién soy; y quién soy en el momento en que, sorprendido desnudo, en silencio, por la mirada de un animal” (Derrida, 2008, p. 17). Esta mirada animal que se posa sobre el sujeto desnudo, abre un cuestionamiento filosófico sobre la identidad, el pudor y la frontera entre lo humano y lo no humano.
En mi experiencia, el contemplar mi cuerpo desnudo es un ejercicio de reconocimiento y aceptación, pero también un encuentro con la fragilidad. Derrida sugiere que la vergüenza que surge ante la mirada del otro, incluso la de un animal, no proviene de la desnudez en sí, sino del hecho de sentirse observado en un estado de absoluta exposición: “Vergüenza de estar desnudo como un animal. Se cree generalmente […] que lo propio de los animales […] es estar desnudos sin saberlo” (Derrida, 2008, p. 19). En este sentido, la vergüenza se revela como una experiencia propiamente humana, porque implica conciencia de la propia vulnerabilidad y del límite entre el pudor y la impudicia.
Desde esta perspectiva, la desnudez no se reduce a la ausencia de ropa, sino que es una condición ontológica del ser. Estar desnudo equivale a estar expuesto, despojado de las mediaciones que protegen al sujeto. Derrida lo formula con precisión cuando afirma que “la desnudez no se despoja más que en esta exposición de frente, cara a cara” (Derrida, 2008, p. 26). Desnudarse, entonces, no solo es mostrar el cuerpo, sino permitir que el otro humano o no humano acceda a la intimidad de nuestra existencia. En esa exposición se manifiesta el riesgo de ser herido, pero también la posibilidad de ser reconocido.
El cuerpo se convierte así en un lugar de interpelación ética. En la medida en que es vulnerable, exige cuidado y respeto, tanto propio como ajeno. Derrida amplía esta idea al señalar que el ser humano, al diferenciarse del animal, construye una noción de “propiedad” del cuerpo y de la razón: “El logocentrismo filosófico […] se mantiene desde Aristóteles hasta Heidegger, desde Descartes hasta Kant, Lévinas y Lacan” (Derrida, 2008, p. 10). Esta tradición ha relegado la animalidad a un espacio de inferioridad, negándole razón, lenguaje y moralidad. Sin embargo, Derrida cuestiona esa oposición al sostener que el animal también nos mira y que en esa mirada se desestabiliza la jerarquía entre el humano y el no humano.
Al pensar mi cuerpo desde esa mirada, advierto que la desnudez no solo es una experiencia individual, sino una relación con la alteridad. Desnudar el cuerpo y, en paralelo, la mente, a través de la escritura, es una forma de poner en suspenso las certezas del yo. Tal como señala Derrida, la mirada del otro “me hace ver el límite abisal de lo humano: lo inhumano o ahumano, los fines del hombre, a saber, el paso de las fronteras desde el cual el hombre se atreve a anunciarse a sí mismo” (Derrida, 2008, p. 27). La desnudez, entonces, se transforma en un acontecimiento de autoconocimiento, donde el sujeto se enfrenta al abismo de su propia animalidad y reconoce que la supuesta superioridad humana es una construcción frágil.
Esta reflexión derridiana puede extenderse al ámbito de la desnudez mental. Despojarse intelectualmente implica un gesto similar al de desnudarse físicamente: una apertura a la vulnerabilidad del pensamiento. La escritura se vuelve un espacio privilegiado para ello, pues en ella el sujeto se expone, se revela y corre el riesgo de ser juzgado o malinterpretado. Al escribir se produce un acto de desnudez simbólica que comparte con el lector la intimidad del pensamiento. Tal como el filósofo se ve mirado por el gato, el escritor se ve mirado por su propio texto, enfrentado a la mirada crítica del otro.
La propuesta de Derrida invita a repensar la relación entre el cuerpo, el lenguaje y la ética. La desnudez no debe entenderse como carencia, sino como condición de posibilidad para la apertura y la empatía. Al reconocer que “lo que ellos denominan el animal […] también puede mirarme” (Derrida, 2008, p. 26), el sujeto asume su posición dentro de una red de interdependencia que desborda lo humano. Ser consciente de la vulnerabilidad propia es, en definitiva, una forma de acercarse al otro desde la humildad y la compasión.
La lectura de Derrida, por tanto, me permite comprender mi relación con mi cuerpo y con mi mente desde una perspectiva ética y filosófica más amplia. La desnudez deja de ser un acto meramente físico para convertirse en una forma de verdad: una manera de habitar el mundo con autenticidad, reconociendo tanto la fragilidad como la potencia de lo que somos.
Referencia
Derrida, J. (2008). El animal que luego estoy si(gui)endo (C. de Peretti & C. Rodríguez Marciel, Trads.). Trotta.
- Mariana Jiménez Ortega es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el seminario de Bioética durante el semestre 2025 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz. ↩︎

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