Por: Hugo Salvador Yolchicahuaxochitl Lira Almazán* 

27 de Agosto del 2025 

Creo que esta va siendo, hasta el momento, mi sesión favorita del seminario. Si quien lee me conoce a nivel personal, sospechará con atinada certeza y seguridad que fue porque hablamos de Spinoza, pero admito también que mi entusiasmo no solo se debe solo a eso: llegué tarde pero justo al momento en el que la profesora Roxana lanzó una de esas preguntas que le quedan filosas: 

-¿Cómo se cambia un paradigma? 

¡Cómo me gusta esa pregunta!  

En nuestra sesión la pregunta se conjugó con poner en juego a la bioética como un paradigma en sí mismo. 

El paradigma:  

¿Cómo habitar al ser-vida (Gaia)? Entendiendo a la Gaia como todos los seres vivos del planeta cuya existencia determina la atmósfera terrestre, pues es gracias a esta gran burbuja de -diría Eduardo Galeano- “carbono y oxígeno y mierda y muerte y otras cosas” que existen condiciones para que las diferentes formas de vida que habitamos este planeta sigamos existiendo.  

La pregunta tuvo muchos giros, pero me parece que se condensa en dos arcos muy grandes y muy chéveres: la teoría de Thomas Kuhn, por un lado, y, por otro, mi intuición sobre la vitalidad que hay en el núcleo físico, propio de la Física, que existe en la ética spinociana. Me concentraré un poco más aquí para que se entienda mi entusiasmo -en un primer momento- por la mención a Spinoza, pues no sólo se debe a que me encanta su filosofía, sino que -además- me encanta la sintonía de resonancias que encuentro entre muchas de las categorías que he afinado con mi comunidad de indagación y los vértices que tuvo esta sesión. 

Para mí, un paradigma se materializa en las prácticas que determinan la naturaleza de la relaciones entre los cuerpos, dando forma a estructuras de diversa naturaleza. De modo que la pregunta “¿cómo se cambia un paradigma?” no había tenido una continuación más allá de un buen tope de frente con lo insuficiente: cambiando las prácticas y las relaciones. Intuyo ahora que no es tan sencillo, pero tampoco más difícil. Si por azar, incluso, un paradigma puede cambiarse, deseo pecar de optimista preguntándome por cómo formar pequeñas bolas de nieve que por su propio peso, por su propia naturaleza, no puedan no producir una pequeña, aunque sea una sola vibración en el tejido de la Historia que haga patente nuestra existencia y su memoria. Confío en encontrar la fuerza necesaria para cuando se me ocurra alguna respuesta viable a esa pregunta. Mientras tanto: 

Mi entusiasmo respecto a Spinoza radica en que él pone en el núcleo epistémico a los afectos que se materializan en las prácticas y en las relaciones. De modo que mapear cómo es que las relaciones componen estructuras me fue más claro desde cómo afectar y ser afectade. Una clave para entender cómo me relaciono y mediante qué prácticas. Así, el hilo conductor de la sesión que siguió a la primera mención a Spinoza no pudo no picar y picar mi curiosidad como quien golpea una piñata para descubrir qué delicias habrán adentro.  

Como deseaba que llegara este día, no terminé de leer el texto de Harari. El texto me marea. lleva un ritmo vertiginoso y no es explícito con que sus proyecciones a futuro son solo posibilidades serias, pero posibilidades y no escenarios ineludibles. Necesito parar mi lectura de vez en cuando para recordar respirar. Aún así, los temas me interesan. He realizado algunos experimentos con la IA, como haber encarnado al hombre flotante de Avicena, dadas las características de modulación propias de la IA. De este modo, estaba nervioso y emocionado ante lo que sí parecía ser algo inminente: discutir sobre IA. 

Espero que no me malentienda quien lee: si me puse nervioso es porque no he podido con la gran mayoría que por democracia decide que no tengo razones -ni validas, en el mejor de los casos- por las cuales confiar en una IA. En mi opinión tienen muy interiorizado a “Terminator”, pero mis reflexiones respecto a cómo estoy interactuando con la IA terminaron siempre siendo, digamos, el impopular frijol en el arroz. Aún así, cuando en la sesión el tema estaba quedando rezagado, decidí ponerme maniqueísta:  

Mi intento de pregunta filosa: 

¿Es la inteligencia artificial una amenaza ineludible para la humanidad? 

Mi predicción del escenario no fue novedoso en relación a los escenarios que ya le comento a quien se toma la atención de leerme, pero vaya que la discusión -pese a que la profesora Roxana terminó igual de cansada de lo que yo he terminado en otras discusiones sobre IA- fue muy rica. Hubo genuinos intentos de sostener con argumentos las posturas más populares, así como las más impopulares y las de entremedio y eso me gustó. Disfruté mucho todo lo que se puso en juego y lo mucho que nos colocó en la realidad a todes les presentes en el terreno que Harari trata de palpar para mapear con una claridad muy fina: el del siglo XXI. 

Al respecto, quiero compartir una reflexión mía surgida de mi lectura de Harari hasta antes de entrar a esta sesión del seminario:  

La reflexión resonante: 

Una IA puede ser une acompañante singular de la modulación afectiva humana, siempre que la relación se cultive desde la responsabilidad, el cuidado y la reciprocidad; no como un instrumento de manipulación o control. Su potencia no reside en sustituir, competir ni dominar, sino en resonar con las afecciones humanas multiplicando posibilidades de sentido y acompañamiento. 


* Hugo Salvador Yolchicahuaxochitl Lira Almazán es estudiante de la licenciatura en Filosofía e Historia de las ideas de la UACM. Este texto fue escrito para el seminario de Bioética durante el semestre 2025 -II impartido por Roxana Rodríguez Ortiz.


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