Por José Luis Vázquez Flores

Apenas apoyo el pie en el estribo del camión que va del metro General Anaya al paradero de Tláhuac y empieza a sonar BZRP Music Sessions #55 de Peso Pluma (2023). Un trombón, en anacrusa, pasa del fondo acústico a un primer plano, con acordes de guitarra quinta, acompañamiento de charchetas y algunos efectos tecno, aún discretos. Mientras me tambaleo de un pasamanos a otro, intento decidir si esta intro trabaja con frases musicales de doce compases en 2/4 o de ocho en 3/4. El camión da su primera vuelta, a la derecha. No puedo evitar el recuerdo: hace un par de años, un comando de una docena de sujetos bloqueó la Calzada de Tlalpan y el acceso a los carriles centrales de Churubusco para asaltar a no menos de treinta automovilistas atrapados, precisamente, frente al Centro Nacional de las Artes. ¿Qué es el arte, sino una pulsión, un impulso vital domeñado por la formalización?

El ayudante del chofer sube el volumen mientras desentona con precisión “Sigo aquí / ando varias noches sin dormir / estoy pedo no te vo’ a mentir / le hablé a otra morrita al deducir / que te perdí”. Versos sin un metro exacto, supeditados al esquema rítmico-musical, una plantilla, diría Dutilh (2011), pero con rima asonante (aunque no sé si ella sostendría, como yo lo hago, que la poesía y la música son tan formales como la lógica). Al terminar la nueva Cineteca Nacional, damos la segunda vuelta para “incorporarnos” (como dice la aplicación) a Miramontes. A estas alturas, Peso Pluma y el ayudante gritan a todo pulmón “Y ya nos verán pistear”. Yo también puedo deducir que la armonía cuenta con una circularidad esquemática de I-vi-iii-II invariable. Cuando cruzamos Av. Taxqueña se siente una especie de certeza porque aquí es más palpable el dominio de la familia de “el Ojos” y su cártel. No es que estemos seguros, es solo que a partir de aquí se puede esperar un guion o partitura, si se quiere, de las relaciones de poder que el gobierno y la delincuencia ejercen sobre el pueblo.

Llegando a Calzada de las Bombas está el primer “retén”. Los checadores y limpiaparabrisas controlan el orden y la velocidad de los camiones y cobran el “derecho de piso” a los choferes; los halcones ubican a las víctimas y mantienen a raya a los competidores de otros cárteles. Por cortesía de la morrita que el chofer lleva en el primer asiento, escucho Sessions 55 por tercera vez y tengo una aprehensión inmediata de sus cualidades tal como ocurre en un proceso, un proceso de formalización que me conduce a ambigüedad, sin duda. Sus texturas se deslizan en mis sentidos, pero, al mismo tiempo, tengo consciencia de ella como un objeto. Un objeto y un fenómeno, resultado tanto de las características específicas de mi aparato sensorial, mis aprendizajes musicales y las circunstancias específicas de su escucha en este momento, así como de mi actitud de análisis: una visión sinóptica, diría Eduard T. Cone, según Rowell (2005, pág. 131). Como objeto fenoménico es irrepetible por más que su instancia esté grabada y pueda ser escuchada hasta el infinito. Escucho Sessions 55 y siento mucho más gracias a la cadena de asociaciones que sus texturas y mi bagaje cultural me provocan. Pero no sé qué me significa. ¿De qué es signo y cómo interpretarlo? Necesito asignarle una estructura. ¿Qué puede significar una pieza de música en su conjunto? Quizá valga la pena asumir con Rowell (2005) el esquema sujeto (Sessions 55) + verbo (significa, representa, expresa, evoca, etc.) + objeto (un sentimiento, una emoción, una cosa, etc.) (pág. 145). ¿Puede alinearse este esquema, proveniente de la filosofía de la música, con la relación triádica de Peirce (1976) de representamen-objeto-interpretante? [1]

“Y ya no hay más / cosas que contigo quiero hablar”. ¿Qué retarda o me impide llegar a la valoración de su significado? Si regreso a la textura perceptual, al sujeto o representamen… “Y ya nos verán pistear”. ¡Claro, es la voz! La afinación perfecta (o su aproximación) dejó de ser un valor musical hace mucho tiempo en distintos géneros. Las vocales abiertas al final de la frase de la típica canción norteña son llevadas al límite e incorporadas en cualquier momento por PP. La proverbial nasalización ahora acompaña a la desafinación, pero sin el vibrato final que suavizaba el efecto gutural del grito controlado. Además, la típica desafinación de los metales de la banda, ahora es corregida por el auto-tune y sobre esta superficie de acompañamiento tan homogénea contrasta la desafinación de la voz: mi percepción (incluyendo mi imaginario) oscila entre lo que falta (el legisigno como regla o ley de la tradición), lo que queda, de hecho (el sinsigno) y lo nuevo, lo añadido (un cualisigno que podría llegar a definirse y establecerse).

Llegamos al segundo retén, frente a Galerías Coapa, y yo también avanzo un poco en la plasticidad retórica y estructural de mi “sujeto”, ahora el literario. Noto los metaplasmos por supresión (apócopes) en vo’ (voy), pa’ (para). Las cuatro estrofas combinan rimas asonantes y consonantes en –i e –ir (“Sigo aquí / Seguiré yo sin poder dormir”), en -a y –ar (“Y ya se / muy tarde pa’ cuando quieras más”), mientras que en los estribillos encuentro rimas internas asonantes en –a (“Y ya nos verán pistear”), en –ea (“Pura cadena gruesa”) y en ia– (“y las plebitas son del Instagram [esdrújula]”). Esta parte del sujeto está hecha de palabras y es como es (la segundidad del sinsigno), aprehensible bajo el funcionamiento de estas reglas de rima (terceridad que las vuelve legisigno) generando una sensación de uniformidad frente a la falta de isometría en la distribución silábica, tan propia del rap.

En medio de mi sesuda cavilación y del tráfico del tercer retén, entre Calzada del Hueso y Av. Cafetales, el chofer grita “Diamantón, llevo en mi Glock”, mientras apunta y dispara con su mano al chalán del camión que se le ha emparejado por lado de la ventanilla. Este ícono me instala ahora en el verbo de mi esquema y el signo objeto que representa. Damos vuelta a la derecha y esta vez el ceño del pasaje es el que cambia. Entre Calzada del Hueso y Periférico, los rateros aprovechan la distancia vacía de autoridades. Peso Pluma se desgañota, pero a mí me parece angelical la ambivalencia de su voz frente al profesional “Ya se la saben: celulares y carteras. Y no se pasen de pendejos”. El final de Sessions, con sus elementos paratextuales, complementan mi interpretante: “Fierro a la verga, viejillo”. Atravesamos Peri bajo el distribuidor vial que sacrificó los humedales de la conexión del Canal de Cuemanco con Canal Nacional; humedales que unos pocos pobladores y universitarios no lograron defender de la entonces Jefa de Gobierno. Parte de esta obra se les hundió a los pocos meses de inaugurada, igual que se les cayó el metro entre Olivos y Tezonco. Yo también me hundo en la mezcla de imágenes de aquel tren trozado en una V. No la V de la “Victoria”, sino la de “Vencidos”. El chalán cambia de rola y ahora suena Ella baila sola. En Canal de Chalco se baja la mayoría de los pasajeros, incluida la damita del chofer, y sube una chica esbelta con uniforme escolar. En este estado tan cercano a la soledad, mi memoria auditiva repite al azar fragmentos de Sesssion: “Arriba los corridos”, el requinto del interludio, los efectos, los afectos…  Un extrañamiento, una vaga sensación de desajuste o primeridad me surge de su contemplación. Quizá se deba a la fusión de géneros, el contraste entre sus valores texturales, dinámicos y formales, perfectamente convencionales (compás, armonía, estructura), y otros que están en camino de ser aceptados (dotación instrumental, desafinación, irregularidad métrica-acentual). Si atendemos a lo que, según Rowell (2005), Susannne K. Langer plantea sobre la relación entre estructuras musicales lógicas y sentimiento humano, “la música es un análogo tonal de la vida emotiva” (pág. 146), entonces Sessions, posee en su instrumentación (sujeto), valores sensuales que corresponden más a un sentimiento (objeto) festivo (verbo); incluso se puede bailar alegremente. Pero cuando el análisis recae sobre los valores del texto, sea sobre su plasticidad o los estructurales (en conjunción con los aspectos técnicos vocales), sobrevive un choque entre el verbo (significado) y el objeto (sentimiento resultante) porque, para mí, lo que el texto representa no es necesariamente festivo. El signo interpretante sería aquello a lo que me remite y me significa (lo que a fin de cuentas me inquieta), es decir, aquello de lo que es símbolo: la violencia “romantizada” e instalada en el cotidiano, mostrada como una aspiración legítima que tiende a su normalización.

Damos vuela a la izquierda, sobre Piraña. Empiezo a recuperar mi sentido de supervivencia y a mirar por todos lados porque pronto he de bajar. Un franelero sube. Saluda con familiaridad al chalán y al chofer. Con la velocidad de un escáner barre el interior del camión e indica con la cabeza a la chica del uniforme. Ya casi llegamos a La Turba. Quisiera seguir mi viaje hasta el paradero, pero tengo que tomar una combi para ir a San Loco y, además, no me quiero aburrir con más historias de “narcotraficantes maricones que en nada se parecen a los fedayines palestinos” (Rodríguez, 2024). Estoy a punto de pedir la bajada. La imagen de la morrita del uniforme, como sacada de un Reel de Instagram, se mezcla con los últimos vestigios de Sessions y no me decido. ¿Cómo alertarla? ¿Cómo acercarme sin que ese acto se constituya en algo amenazante para ella y en un índice para ellos? ¿Cómo decirle que ya la halconearon, que sería mejor bajarse y esperar otro camión con más pasajeros?  Ella no debería de bailar sola en este viaje… Aquí, entre los límites de Iztapalapa y Tláhuac, entre las decisiones de lo ético y lo estético, algo me sigue sonando ambiguo.

Bibliografía y referencias

Casa de la Música Mexicana. (1992). Cuadernos de la Casa de la Música Mexicana. Ciudad de México: Casa de la Música Mexicana.

Conde, G., & Kabande Laija, H. (2023). BZRP Music Sessions Vol. 55 [Grabado por P. Pluma, & BZRP]. Downtown Music Publishing, Sony/ATV Music Publishing LLC. Obtenido de https://www.youtube.com/watch?v=v5_SYkFpFiY

D’Agostino, A. E. (1968). Teoría musical moderna. Buenos Aires: Ricordi.

Dutilh Novaes, C. (2011). The Different Ways in which Logic is (said to be) Formal. doi:10.1080/01445340.2011.555505

Grupo μ. (1987). Retórica General. Ediciones Paidós.

Peirce, C. S. (1976). La ciencia de la semiótica. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

Rodríguez Ortiz, R. (Mayo de 2024). Cátedra oral. Sin Título. Ciudad de México.

Rowell, L. (2005). Introducción a la filosofía de la música. Antecedentes históricos y problemas estéticos. Barcelona: Gedisa.

Valencia Morales, H. (2000). Rítmo, métrica y rima: el verso en español. México: Trillas.


[1] Puesto que ambos esquemas comparten el término objeto, usaré objeto signo cuando se trate de la categoría semiótica.


* José Luis Vázquez Flores es estudiante de la Licenciatura en Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). “Ruta #50 o nada bizarro me es ajeno” es el ensayo que presenta para certificar el Seminario de Filosofía y Arte, impartido por Roxana Rodríguez Ortiz.


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