Por Ángel Celedonio Serrato*
En primer lugar, quisiera iniciar mi reflexión haciéndome una pregunta: ¿qué es la diferencia? En términos de Deleuze la diferencia estriba en “algo que se distingue de otra cosa” (Deleuze 1968:61), no obstante la diferencia a la que me quiero referir aquí no es una diferencia entendida de forma positiva; es decir, no voy a hablar en este ensayo de las cualidades o capacidades que hacen mejor a una persona, sino por el contrario hablaré de la diferencia en un sentido negativo. Me ocuparé de argumentar la manera en la que la sociedad trata de manera diferente, invisibiliza a las personas con una discapacidad evidente por el sólo hecho de ser discapacitados, ya que no se nos considera normales.
¿Qué es la normalidad en términos de la convivencia en sociedad de los seres humanos? ¿Qué características físicas, sociales y culturales debe tener un ser humano definido dentro del campo de acción de la normalidad en la sociedad?
Ángel Celedonio Serrato
Los discapacitados generalmente somos considerados como seres humanos que no entramos dentro de los estándares de la normalidad de la sociedad, esto puede notarse a través de los muy desafortunados conceptos con los que la sociedad pretende clasificarnos, pues muchos dicen que somos “personas con capacidades diferentes”. Esta definición no es muy clara y además es ambigua pues todas las personas en general tenemos capacidades diferentes. Otro sector de la sociedad nos cataloga como disminuidos.
¿Qué significa ser un disminuido para la sociedad mexicana? Los disminuidos somos personas que no encajamos en el estándar de lo “normal” en la sociedad en la que nos desenvolvemos, somos personas a las que se nos mira como seres inferiores, seres que por nuestra discapacidad evidente somos hechos a un lado porque las personas no saben cómo tratarnos o porque quizá han convivido poco con una persona con discapacidad. Sin embargo, los disminuidos hemos sido catalogados así por los médicos que no encuentran una categoría dentro de la normalidad en la que las personas como yo podamos habitar dentro del espacio de los “normales.”
Después de varias visitas distintos psicólogos adiestradores que pudieran otorgarme un certificado de «transexual», pronto me di cuenta de que ante mí se abrían dos posibilidades: el ritual farmacológico y psiquiátrico de la transexualidad domesticada.
(Preciado, 2020 : 34-35)
En la cita anterior, Paul B. Preciado da cuenta de las vicisitudes que tuvo que vivir con los médicos porque él, como yo, tampoco entraba dentro de los estándares de normalidad que los científicos médicos y psicólogos plantean como normales para una persona trans. En mi caso, los médicos me diagnosticaron parálisis cerebral infantil y con ello se me negó la posibilidad de entrar en el selecto grupo de las “personas normales”; fueron los médicos quienes me etiquetaron de anormal porque no entro en la normalidad concebida desde el punto de vista médico.
Sin embargo, el ser considerados como anormales nos brinda a los discapacitados las “experiencias de resistencia, de lucha y de transformación de aquellos que históricamente habían sido objeto de violencia y control”.
(Preciado, 2020 :33 – 34)
No todo el panorama es desolador, habitar el mundo dentro de la categoría de los disminuidos me ha permitido demostrarme a mí mismo los alcances que puedo llegar a tener dentro de la sociedad en la que me desarrollo.
Formar parte del grupo de los disminuidos me ha permitido tomar conciencia de mi diferencia y de la necesidad de hacer filosofía donde quepamos todas, todos y todes; es decir, proponer una filosofía de la diferencia a partir de la discapacidad.
Ángel Celedonio Serrato
El que las personas “normales” no confíen en nuestra capacidad, nos plantea el reto de demostrar que podemos responder y superar las expectativas que la sociedad espera de nosotros. En muchas ocasiones, debido a la educación con la que hemos crecido, no conocemos nuestras verdaderas capacidades, pues generalmente nuestros familiares cercanos limitan nuestra capacidad de acción y ello genera en nosotros inseguridad al momento de enfrentarnos al mundo. Lo anterior juega en nuestra contra porque muchas veces no nos arriesgamos a tomar las oportunidades que nos presenta la vida por miedo a que nuestra discapacidad nos impida tener éxito.
Recuerdo que cuando era niño “era una criatura tranquila porque no hacía ruido” (Preciado, 2020 : 14), me costaba mucho trabajo socializar con las personas que convivían conmigo; al igual que Paul Preciado me refugiaba en mis libros y trataba de abstraerme de una realidad que a veces me dolía pues como la gente no sabía cómo tratarme quería tener para conmigo un trato especial.
En muchas ocasiones llegué a escuchar que mis familiares o amigas de mi mamá le decían que estaba bien que no fuera travieso, porque según ellas ese era un signo de que yo era un niño bien portado. Tiempo después me di cuenta de que el ser tan retraído no era considerado normal dentro de los estándares de normalidad de la psicología, me vuelvo a cuestionar entonces ¿existe la normalidad?
Para mi la normalidad o el ser normal es un estereotipo creado por la sociedad que ningún ser humano logra alcanzar. Las personas nos desarrollamos de diferentes maneras, por ello considero que dentro de nuestra sociedad no debiera existir la categoría de anormal pues en algún sentido todos somos anormales.
Dado que a muchos de los que conformamos la comunidad de los anormales se nos considera como monstruos “el monstruo es el gran modelo de todas las pequeñas diferencias. Es el principio de inteligibilidad de todas las formas que circulan como dinero suelto de la anomalía” (Foucault,2000:62).
Ángel Celedonio Serrato
Los discapacitados tenemos derecho a que se nos garantice una buena calidad de vida en la que podamos desarrollar plenamente nuestras capacidades como el resto de la sociedad.
Yo no deseo que la sociedad tenga un trato preferente conmigo, pero tampoco deseo que se me discrimine, simplemente deseo que exista equidad para mi pleno desarrollo físico y emocional. Yo sólo quiero que me permitan ser y ser libre sin obstaculizar mi existencia; por ello, a partir de mi experiencia de vida, propongo la filosofía de la discapacidad como una manera de hacer filosofías de la diferencia en el siglo XXI.
Bibliografía
Deleuze G. (1968). Diferencia y repetición. Amorrotu
Foucault M. (2000). Los anormales. Fondo de cultura económica.
Preciado, P. (2020). yo soy ese monstruo que os habla. Nuevos cuadernos Anagrama.
* Ángel Celedonio Serrato es estudiante de la Licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas en la UACM. Este ensayo es el trabajo de certificación de Filosofías del Siglo XX, impartido por Roxana Rodríguez Ortiz.

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