Por Eduardo Dian Calderón Hernández*

El cuerpo es sometido a la singularidad tras la necesidad de ser nombrado al existir en el mundo como sujeto político dentro del sistema sexo-genérico. No hay duda que al ser arrojados se nos asigna un nombre que no escogimos, un sexo que no elegimos, entre otras cosas. Por lo tanto, el cuerpo siente una epifanía tras la revelación simbólica al ser conocido por el nombre que se nos ha asignado.

Puedo observar como hay cuerpos políticos que funcionan dentro del Estado sin mostrar ninguna incomodidad con las actividades que realizan, pero no veo la afectación de los cuerpos que tienen hacia los otros. Es decir, en las sensaciones que siente el cuerpo al ser observado, al ser tocado, al ser dominado por otra mirada, ¿qué hay con la mirada del otro? ¿Cómo interpreto su mirada ante mí? ¿La mirada del otro me puede causar afectación y si lo miro puedo afectarle?

Al exclamar su nombre lo afecto porque ese nombre que le asignaron al nacer lo identifica como ciudadano y si nombro su nombre es sometido por mí al igual que mí misma singularidad, además de someternos a una ruptura entre el anonimato de la autoridad de ambos. Tener ciertas relaciones de autoridad nos conduce a tener vínculos para adaptarnos en sociedad, donde hay una ruptura de autoridad entre el diálogo con el intruso.

A simple vista puedo afectar al intruso que miro a través de sus actitudes conductuales, sentimentales, mentales, corporales, etcétera. Con observar al intruso puedo entrar en diálogo para afectarnos ambos con el hecho de someternos a un vínculo que nos hace introducirnos tanto en nuestra forma de pensar, como también llegar a hacer algo más que desconocidos al descubrir lo que hay detrás de nuestro anonimato.

Una respuesta sencilla a la primera pregunta que hice sobre mi corporalidad, es ¿cómo interpreto su mirada ante mí?  Las miradas que me llegan a afectar por otros intrusos tienen la misma particularidad de ser sujetos políticos como yo. Y debido a la estética que he adoptado ante otras corporalidades, observan en mí rareza corporal la diferencia con respecto a otros cuerpos políticos. Y a veces sucede que puedo oír entre murmullos o comentarios dentro de la familia y fuera de la misma el cómo me debo de vestir porque mi forma de ser según la clasificación “sexo-genérica” no va de acuerdo con mi género. A lo que llamo mundo patriarcal o más bien el mundo de la misoginia, pues al comportarme ante los demás y relacionarme con la sociedad la perturbo por ser como soy ahora.

Había estado viviendo una doble vida durante la mayor parte de este breve período de mi vida y estaba completamente agotado, tanto emocional como mentalmente. Para encontrarme a mí tuve que ir voluntariamente al psicólogo y con el transcurso de los meses hice pequeños pero grandes progresos. Recientemente recibí una carta por parte de la Asociación de Infancias Transgénero para procesar oficialmente mi nuevo nombre. Tengo que decir que mis ojos  estaban cristalinos en ese momento y no podía con tanta alegría, por dentro sentí que realmente este proceso lo debí hacer antes de entrar a la universidad, entré en una sensación de felicidad por mí, no por mi familia, muchas veces he dicho que la familia se forma con las personas que te rodean en el entorno y te hacen sentir seguro de ti.

Como persona trans debo decir que la oposición de la sociedad hacía a mí está bien, pero a veces siento que la razón por la que no hemos progresado en abordar las diferencias de género es porque hay personas como yo que quieren libertad. Llegué a pensar que sólo era yo con esta corporalidad y ahora me reconozco libremente sin temor alguno, pero hay más personas tratando de expresarse ante una sociedad que teme ver otras corporalidades adicionales y que lamentablemente adopta ciertos comportamientos frente a  otras corporalidades e incluso paradigmas violentos hacía la comunidad LGBTTTQA+.

Como respuesta a la segunda pregunta: ¿qué hay con la mirada del otro? En el momento en que comenzó un diálogo con el intruso, pasó de ser un alguien al tener una amistad con un(a) compañer(a) de la universidad, al tener relaciones amorosas y a someterme a lazos interminables con el Estado y las instituciones.

Desde que asumí mi transexualidad a través de mi corporalidad estoy empezando a sentir cosas que nunca antes había sentido y por primera vez no he tenido conflicto de reconocerlas. Es una sensación extraña, pero siento que estoy experimentando una liberación interna y un envolvimiento emocional completo de esa extrañeza. Antes no podía reconocerme porque sentía asfixia social, e inseguridades de mí mismo; es decir, sentía un infierno mi vida.

En resumen, reconozco que el Estado está estrechamente relacionado con los ámbitos políticos, religiosos, psicológicos y psicoanalíticos que nos exponen a rudimentos internos. Pero para mí, que me identifico como una persona trans con formación en filosofía en la UACM, habitar la transexualidad es tener una visión ontológica, digo esto no sólo por mí nada más, sino también para aquellos que se esfuerzan por lograr el ideal perfecto de la libertad de expresión y la experiencia humana dentro del colectivo LGBTTTQ+.


*Eduardo Dian Calderón Hernández es estudiante de la Licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas en la UACM-SLT. “La corporalidad de afectar y ser nombrado” s el ensayo escrito para certificar el curso Antropología Filosófica, impartido por Roxana Rodríguez Ortiz, semestre 2023-1. 


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