Por Sonny Mariel Sandoval Hernández*


Dos acciones del ser siendo -bajo la lógica del dominador-dominado- se han normalizado: 1) golpear con violencia a nuestros semejantes y a toda cosa que se nos presente y, 2) arrojar deshechos (entendiendo por deshecho todo aquel objeto-cuerpo que pase por inservible o que estorbe).
La primera acción de golpear, se ejerce principalmente entre los seres humanos, pero también hacía todo tipo de objetos. Golpearse entre seres humanos es un acto que afecta de distintos modos a todos los involucrados tanto en su modo físico como emocional. Así, el acto de golpear deviene de un cúmulo de potencias de obrar; potencias que están sujetas a las leyes del pensamiento y del cuerpo donde el [alma-pensamiento] mueve al [cuerpo-extensión].
Bajo las lógicas del [ser siendo dominador- ser siendo dominado], el primero es quien efectúa su potencia de golpear al dominado; un acto que es generado desde la mente del dominador, quien no sólo golpea otro cuerpo (que está siendo afectado), sino también mueve su propio cuerpo. Esta situación violenta entre seres humanos, devela, por tanto, que los cuerpos humanos no son inertes dado que funcionan como una suerte de títeres donde el titiritero mueve los hilos (mente- pensamiento-alma) y el títere en sí mismo es el cuerpo en movimiento que está siendo afectado.
El acto de golpear en un sistema social ordenado a través de reglas, valores y normas trae consigo consecuencias para quienes cometen actos violentos como sanciones o privación de sus libertades con base en la ley. No obstante, se ha diluido una suerte de hibridación taxonómica en las potencias de obrar dentro de las relaciones humanas; así como en las relaciones entre humanos y otro tipo de modos de existencia. Por tanto, golpearse entre humanos decanta en afecciones físicas y emocionales, pero, si un ser humano dirige sus golpes hacía algo que no sea su semejante, es natural pensar que no habrá ningún tipo de afecciones.
En ambos casos la nula frontera híbrida taxonómica[3] (la nula distinción de características físicas entre cuerpos humanos/cuerpos animales/cuerpos máquina), ha posibilitado una proyección deforme en el modo de relacionarnos.
En consecuencia, la nula frontera taxonómica -bajo un ritmo social donde se normaliza lo anormal- configura que concibamos al cuerpo humano como un objeto inanimado que puede ser golpeado; así como concebir a los objetos inanimados como cuerpos que naturalmente están siendo afectados pero, dentro de una deformación, están siendo proyectados como cuerpos que sienten de la misma manera en que nosotros estamos siendo lastimados. Esto ocasiona por un lado, que podamos golpear a nuestros semejantes hasta su muerte y, por otro lado, castigar a un ser racional por “golpear con actitud violenta” una máquina de videojuegos, en ese sentido, creemos que las máquinas también tienen leyes naturales relacionadas con las potencias afectivas.
De ahí que los cuerpos máquinas sean concebidos como cuerpos humanos y a la inversa. Se golpea al ser humano como si fuese un objeto inanimado, inerte, sin alma y se golpea a las máquinas como si realmente estuvieran siendo afectadas en términos de alma-cuerpo.
[1] Figura 3. Las niñas que fueron arrojadas desde el muro de la frontera entre México y Estados Unidos.

Fuente: Las niñas que fueron arrojadas
Lo anterior también nos conduce a reflexionar sobre la acción humana de tirar o desechar cuerpos-objetos donde la nula frontera taxonómica ha invadido nuestro sentipensar[4]. Arrojamos o desechamos en el contenedor de basura nuestros restos orgánicos e inorgánicos; arrojamos diariamente enormes toneladas de basura chatarra provenientes de nuestros ordenadores, teléfonos celulares, grabadoras, etcétera. Diariamente desechamos grandes toneladas de ropa que únicamente se utilizaron un par de ocasiones o incluso se va al tiradero sin usar. Nuestras playas y desiertos están siendo afectados por nuestros desechos, desechos que son producto de la obsolescencia programada, un fenómeno que explica cómo distintas industrias fabrican productos instantáneos sujetos a la lógica de “úsese y tírese”.
En esta serie de problemáticas, resulta agravioso que nuestros deshechos sean también los cuerpos humanos producto de la nula frontera taxonómica que concibe un solo modo de existencia entre el cuerpo-objeto. Ante ello, al anular que cosa u objeto puede ser desechable, posibilitamos que lo desechable también sea un cuerpo humano, así, efectuamos la idea cruel de que entre nosotros podamos desecharnos. Tal es el problema de salud pública como el de las prácticas clandestinas de la interrupción ilegal del embarazo que somete a las mujeres a los legrados o abortos dando como resultado la muerte del cuerpo-feto, la muerte del cuerpo de la madre o el de ambos cuerpos. ´
En otra problemática, bajo la nula frontera taxonómica, el cuerpo-objeto es reducido a un solo modo de existencia en tanto que los cuerpos infantiles -al igual que los fetos- son concebidos como objetos que pueden ser desechados, tirados y arrojados como si de un ordenador o una manzana en descomposición se tratase –anulando en el bebé y en su totalidad- la posibilidad de estar siendo afectado por el calor maternal de la madre.
Al final, la condición híbrida de lo corpóreo corrosivo, cada día prolifera, habita y coloniza nuestro sentipensar, configurando en nosotros, una única posibilidad de habitar y ser habitado donde no hay una frontera entre los seres vivos-no vivos y en donde cuerpo-objeto son uno sólo anulando la posibilidad de sentir afecciones.
De un momento para otro, ¿cuándo la frontera dejó de ser tan necesaria? es decir, ¿en qué momento nuestro sentipensar se volvió corrosivo en la forma en que nos relacionamos? o, ¿en qué momento, las formas de relacionarnos desde lo híbrido son emergentes en nuestro aquí y ahora? Maquiavélico o emergente, la frontera híbrida taxonómica no distingue otredades taxonómicas (características físicas de lo corpóreo), no percibe otredades animadas e inanimadas u otredades con alma-sin alma, sino que, la nula frontera híbrida taxonómica -en su carácter dañino y corrosivo- unifica un sólo modo de concebir el cuerpo como objeto para, así poder justificar y hacer operables las prácticas de deshumanización, las practicas que descuartizan, las prácticas que despellejan, las prácticas que violentan, las prácticas que desechan.
Por tanto, las otredades de nuestro ritmo social instantáneo o las otredades del mundo vecino de lo post apocalíptico son las otredades del [cuerpo humano como cuerpo animal, como objeto máquina, como objeto mercantil, como objeto desechable], [el objeto máquina como cuerpo humano] y, finalmente [el cuerpo animal como objeto mercantil, como cuerpo sexualizado].
*Sonny es estudiante de la Licenciatura en Filosofía e Historia de las Ideas, de la UACM. Trabajo final de Ontología, semestre 2022-1.
[1] Figura 1. Detenido por emprenderla a golpes con actitud violenta con las máquinas de dos salones de juego.
Imagen captada por las cámaras de seguridad del local. POLICÍA NACIONAL.
Fuente: No golpees la máquina
[2] Figura 2. Mujer tira a la basura a su bebé recién nacido. Cámara la capta al lanzarlo al contenedor; sale libre bajo fianza de 10 mil dólares.
Fuente: Sí, tira al bebé
[3] Retomo la noción de frontera taxonómica a partir de lo planteado por el autor Cagüeñas, Rozo Diego en su artículo titulado Tras el animal: dos persecuciones ontológicas. En dicho planteamiento, dice lo siguiente: De acuerdo con Zingg, el nombre y categoría de ““hombre salvaje” u “hombre feral” (homo ferens) fue introducido en la ciencia académica por el gran taxónomo Carlos Linneo, en la décima edición de su Systema naturae en 1758, “basado en los casos pobremente documentados de los que se disponía en su tiempo” (Singh, et al., 1966: 131). Linneo usaba el término para referirse a casos de aislamiento humano extremo […]
Por otro lado, también se enuncia lo siguiente: Hoy apenas unas pocas de las agrupaciones de Linneo (basadas en características físicas compartidas) permanecen, aunque significativamente modificadas. Empero, la insistencia de la mayoría de aquellos que se han ocupado del “hombre salvaje” en retornar a la pregunta por la esencia humana demuestra la persistencia del modelo del pensamiento taxonómico. Incluso después de una rápida mirada sobre la literatura que aborda el tema persiste la impresión de que la verdad que los persecutores buscan afanosamente equivale a la respuesta a una única pregunta: ¿Dónde podemos trazar la barrera infranqueable que nos separa del resto de seres?
Cagüeñas Rozo, Diego (2011). Tras el animal: dos persecuciones ontológicas. La máquina taxonómica. Revista CS [en línea]. 2011, (7), 377-407 pp. 393,395 [fecha de consulta 5 de Mayo de 2022]. Issn: 2011- 0324. Disponible en: Tras el animal: dos persecuciones ontológicas (redalyc.org)
[4] El sentipensar en estas líneas, lo propongo como una postura horizontal o, si se quiere, como una postura en yuxtaposición que permite dar cuenta cómo los seres humanos nos relacionamos con otras especies. Así, el sentipensar parte de una conciencia de sí Spinoziana; conciencia de sí que agrieta el dualismo cartesiano [cuerpo-mente] [sustancia pensante-sustancia extensa]. De tal modo, el sentipensar funge como un espejo en el que se reflejan los modos en que pensamos, proyectamos y sentimos los cuerpos humanos y los cuerpos de la otredad (ya sean los propios cuerpos humanos alternos, periféricos, vulnerados o los cuerpos que corresponden a lo no humano).

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