Por Elsa Areli Campos Villareal*

En uno de mis viajes cotidianos hacia el centro de la ciudad pude percatarme de un fenómeno del que no había estado atenta nunca, literal, nunca. Es algo que tenemos bastante normalizado en nuestro cotidiano, en la vida, en nuestras relaciones con los otros de la misma especie pero, sobre todo, en nuestras relaciones con otros sujetos que no reconocemos como tales. En este caso, con la Ciudad.

La Ciudad de México ha crecido desordenada y exponencialmente en los últimos 100 años. En internet podemos encontrar fotos de los antiguos caminos, barrios, vegetación, arquitectura que la conformaba y de la cual aún sobreviven algunos edificios coloniales y, por supuesto, está llena de los vestigios de su fundación. Hay unas ruinas invisibles de las que la fauna que la habita, perdió noción hace mucho tiempo, que no identifica como tales, pero nombra en su movilidad cotidiana, y parece no entender que son (o eran) los verdaderos pulmones de la Ciudad.

Lo que antes transportaba piraguas o canoas, ahora se llena de vehículos de cuatro de ruedas que emanan gases tóxicos a sus pulmones, sobre vías rellenadas con asfalto y concreto pero bautizadas con los mismos nombres de las venas de agua que antes alimentaban el subsuelo que yacía húmedo y mantenía las chinampas. La engañaron, al hacerla pensar que la transformación era benéfica para ella, con un nombre impuesto que para nada beneficiaba el esplendor de su valles, progreso le llamaron.

Construyeron grandes complejos habitacionales, plazas comerciales y obras de transporte público donde antes tenía frescas extensiones de pino, oyamel, encino y pastizales. Sus llanuras empezaron a disminuir, esto la dejó con menos espacio para respirar y tomar agua para vivir, por lo que sus entrañas se han ido secando con el tiempo y esto se refleja en lo asfixiante que resulta respirar sobre su superficie, no existe sombra de árbol ni superficie verde suficiente que se escape a las emanaciones de gas nocivo y los pocos árboles que sobreviven tampoco respiran correctamente.

La fauna que mayoritariamente la habita, pensando siempre en “el progreso”, se olvidó por completo que necesita que los pulmones de la ciudad funcionen correctamente para vivir en ella. Le ha provocado, deliberadamente, un tipo de enfermedad que parece, a estas alturas del progreso, ser irreversible, pues resulta difícil cambiar la dureza actual de su suelo por la verde y suave tierra que la mantenía sana.

Como si de una especie de castigo se tratara, la ciudad agonizante trata desesperadamente de llamar la atención de la fauna progresista que la convirtió en un bloque de cemento. Con oleadas de calor ardiente y lluvias torrenciales que inundan sus calles como una llamada de alerta que grita ¡Me estoy secando! .Con la sequía, viene el inminente hundimiento de sus construcciones que nunca han sido del todo resistentes a sus ocasionales pero constantes zarandeadas, parecen ser un intento de sacudirse a esa fauna que la invade y destruye con su contaminación lumínica, ruido incesante y estacas de metal que sostienen vidrio y ladrillos.

Sus gritos se manifiestan de otras maneras. Sus habitantes experimentan una enfermedad mental llamada estrés, que los atrapa en dinámicas cotidianas de violencia normalizada. Insultos en el tráfico y peleas en el transporte público son el resultado inminente de viajar por horas sobre las planchas de asfalto caliente que sustituyeron al armonioso murmullo del agua. Así es la ciudad, dicen algunos; te atrapa en su vorágine y te adaptas a su corriente, o mueres en el intento de habitarla, no cualquiera la aguanta, pues lo mismo te despierta con un temblor, después viene un calor de los mil demonios y una lluvia torrencial al caer la tarde. Por supuesto que nunca faltan los fuertes vientos que tiran anuncios espectaculares, pareciera que sopla con todas sus fuerzas para ver si los humanitos que viven en ella salen volando a contaminar, deforestar y urbanizar otro lado y la dejan en paz.

Habitarla supone entrar en una carrera de supervivencia que causa demencia. Un síndrome que implica el deterioro del comportamiento social y dificulta el desarrollo del intelecto necesario para llevar a cabo las actividades de la vida diaria, de manera ordenada o civilizada.

Está tan enojada por el deterioro de su territorio que te envuelve en sus ataques de microclimas de ansiedad. En un mismo día el norte, con su devastada zona industrial, se convierte en un gran horno en verano, se hace casi imposible respirar entre las emisiones de gas nocivo. La piel de los pocos árboles que sobreviven se desmorona y desprende de su corteza, vuela por el ambiente y se aferra a los pulmones de las personas que transitan cotidianamente, mientras que en el oriente llueve a cántaros y los canales de asfalto recuerdan, por algunas horas, su pasado húmedo que en lugar de arrastrar lirio, arrastra bolsas de basura, entre aguas negras y fauna nociva que busca desesperadamente llegar a casa, y el sur sufre los gritos desesperados en forma de granizo que busca romper la superficie pavimentada para enfriar el subsuelo que se hunde un poco más cada año.

En una isla llena de vida del lago de Texcoco en el año 1325 se fundó la Ciudad de México. Nombrada Tenochtitlán, como homenaje a Tenoch, el último Cuahtlahtoh mexica. Dio casa y sustento en su suelo fértil a una civilización que mantenía una relación ética con ella, pero se encuentra desde hace décadas, en una severa crisis. La fauna que mayoritariamente la habita no ha sabido respetar su naturaleza primaria. Pasó de ser una hermosa extensión de valles, ríos, lagos y canales, a una seca porción de tierra donde las lluvias no encuentran las salidas naturales de su cauce.

La ciudad habla su propio lenguaje, uno que se vuelve cada vez más agresivo en su intento por explicarnos que le hace falta oxígeno para sobrevivir, ojalá aprendamos a hablar su lengua antes de que sea demasiado tarde para ella y para nosotros.


*Estudiante de Filosofía e historia de las Ideas. Texto presentado para certificar la asignatura de ontología (semestre 2022-1)


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